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COMPROMISO | 08.02.2022

Todos somos pilares para la confianza de otras personas

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Más allá de recibir apoyo de los demás, cada uno de nosotros se convierte en una figura fundamental en la vida de otros seres queridos, de tal modo que, casi sin percatarnos de ello, solemos dar más ayuda de la que recibimos.
Cuando se habla de confianza, se tiende a poner de relieve los pasos que han de darse para que cada persona se sienta mejor consigo misma. Contar con las herramientas que permitan afrontar cualquier vivencia es tan importante como el hecho de tener al lado a personas que se convierten en apoyos esenciales en el desarrollo personal.

Es muy probable que cuando cada uno de nosotros piensa quiénes han sido las figuras más importantes de su vida, es decir, aquellas que nos han ayudado a evolucionar como personas y en quienes nos hemos apoyado para conseguir superar cualquier reto o desafío, vengan a nuestra cabeza amigos, familiares o mentores que han puesto su granito de arena.

Estas personas son los pilares sobre los que hemos construido nuestra confianza, esa que nos hace seguir adelante. Pero, ¿qué ocurre cuando utilizamos la otra perspectiva? ¿Nos planteamos en algún momento cómo nosotros mismos nos convertimos en pilares fundamentales de la confianza de los demás? Probablemente cualquier padre o madre haya recapacitado sobre cómo puede ser un referente para sus hijos o cómo puede ayudarles a crecer y a valerse por sí mismos. Sin embargo, todos debemos tener presente que somos seres sociales y que en nuestras relaciones podemos estar jugando un papel mucho más importante de lo que a priori podríamos pensar.

La importancia del apoyo emocional

El apoyo emocional es necesario, de eso no cabe duda. “Esta necesidad existe desde el nacimiento: al principio, son precisamente las figuras de cuidado las que proporcionan nuestro apoyo emocional, y solo después este papel se busca también en otras personas, como la pareja y las amistades. Si esta necesidad no ha sido satisfecha adecuadamente durante la infancia, los adultos tendrán más dificultades para reconocer y manejar las emociones de los demás y, por tanto, para dar y recibir apoyo emocional”, explica el psicólogo Gianluca Francia en la web Psicología Online. 

Por lo tanto, no solo requerimos apoyo, sino que probablemente lo tengamos que dar mucho más a menudo que lo recibimos, especialmente cuando hemos abandonado la infancia y la visión del mundo se torna adulta.

En efecto, el propio hecho de ser importantes para los demás nos hace mejorar nuestro desarrollo personal, pues nos sitúa en el escenario social del que formamos parte, ya sea como amigos, padres, hijos, tutores o cualquier otra figura cuya misión sea convertirse en un pilar clave para la existencia de otras personas.

Consejos para ofrecer apoyo emocional

Así pues, cada persona puede encontrarse en la tesitura —lo sepa o no— de tener que ofrecer su apoyo a una persona que lo requiera. Sin embargo, no siempre es fácil hacerlo. Hay ocasiones en las que no se sabe ni cómo, ni cuándo hacerlo. Por eso, hay un gran número de artículos firmados por especialistas en psicología que ofrecen consejos, los cuales se podrían resumir en los siguientes puntos:
  • El lugar y el contexto ha de ser el adecuado. Cuando alguien necesita ayuda, esta no se puede ofrecer en cualquier parte ni con una limitación muy clara de tiempo. Asimismo, ese lugar ha de ser ajeno a lo que perturba a quien se ha de escuchar.
  • Porque el segundo de los consejos pasa por escuchar atentamente todo lo que la otra persona quiere comentar. Tal y como apunta el dicho “Oír, callar y ver, hacen buen hombre y buena mujer”, para ayudar, lo primero que hay que hacer es escuchar con atención, sin emitir ningún juicio de valor apresurado. Asimismo, esa escucha debe ser activa, invitando al interlocutor a que se sienta cómodo para decir todo lo que tenga que expresar.
  • Mostrar empatía con el problema es sumamente importante, es decir, ponerse en su posición y comprender sus atribulaciones, para, a continuación, ofrecer una perspectiva propia que le ayude a construir un nuevo “relato”.
  • En todo momento, si fuera necesario porque así lo requiere la persona ayudada, cabe la posibilidad del contacto físico en forma de abrazo, una mano en el hombro o un simple apretón de manos.

En definitiva, consiste en ganar su confianza, pues solo de ese modo la persona que se encuentra sumida en un mal momento se abrirá y considerará que ha encontrado un apoyo clave para salir adelante.

Los beneficios de ayudar a los demás

Aunque el altruismo y el cuidado de las demás personas es un aspecto en el que no se debería buscar beneficios personales, ser un apoyo fundamental en la vida y el desarrollo de otra persona también aporta ventajas. En este sentido, más allá de la satisfacción que debe producir ayudar a los demás, aumenta la autoestima, se reduce el estrés, se incrementa el optimismo (especialmente en el momento en que se toma consciencia de que se ha logrado apoyar a un ser querido), mejora la sociabilidad y se fortalecen los vínculos.

Tal es la importancia que la ayuda a los demás debe tener en el mundo, que la propia ONU tiene en marcha una curiosa iniciativa que consiste en dedicar al menos 67 minutos al día en ayudar a los demás, uno por cada año que dedicó Nelson Mandela a luchar por los derechos humanos y la justicia social. Y es probable que el tesón del líder sudafricano ayudara a salir adelante a miles de personas no solo en su país de origen, sino en todo el mundo.

Alejarse del “síndrome del salvador”

A lo largo de las pasadas líneas hemos expuesto que cada uno de nosotros nos convertimos en pilares fundamentales en la vida de otras personas, a pesar de que en ocasiones sea algo “involuntario”. Ofrecer nuestro apoyo a los demás no solo es recomendable, sino beneficioso para ambas partes. Sin embargo, existe la posibilidad de llevar esta “relación” demasiado lejos, de modo que aparezca en quien presta su ayuda el “síndrome del salvador”.

Este síndrome consiste en necesitar ser necesitado. Es decir, lo experimentan aquellas personas que se habitúan a resolver los problemas de los demás, hasta que llega un momento en que, si no lo hacen, se sienten menos útiles e incluso frustrados por su inactividad. Obviamente, este síndrome no es beneficioso para ninguna de las dos partes, ya que cuando se ayuda a una persona y se la apoya el objetivo es proporcionarle las armas que le sirvan para avanzar y salir adelante.