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SOSTENIBILIDAD| 26.10.2020

Bosques comestibles, ¿una solución para la alimentación mundial?

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«Los bosques contribuyen al sustento de más de mil millones de personas, incluyendo muchas de las más necesitadas del mundo. Los bosques proporcionan alimentos, combustible para cocinar, forraje para los animales e ingresos para comprar comida». Con estas palabras Graziano da Silva, director general de FAO (Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura) entre 2011 y 2019 se refería a la importancia de estos ecosistemas en la lucha contra el hambre.

Sin embargo, el propio dirigente aseguró que “los bosques y los sistemas agroforestales son rara vez tenidos en cuenta en las políticas de seguridad alimentaria y de uso de la tierra. A menudo, la población rural no tiene derechos de acceso seguro a los bosques y árboles, poniendo su seguridad alimentaria en peligro”.

Estas declaraciones resultan perfectas para ilustrar el objetivo de los llamados bosques comestibles, una tendencia que se enmarca en el interés por mejorar la alimentación mundial al tiempo que se respeta (y mejora) el medio ambiente.

 

¿Qué son los bosques comestibles?

Partiendo de la base de que, según WWF Living Planet Report 2010, los bosques contienen entre el 50% y el 90% de toda la biodiversidad terrestre del mundo “incluyendo los polinizadores y parientes silvestres de numerosos cultivos agrícolas”, su importancia es capital en todo el mundo.

Con estas cifras sobre la mesa, cobra mayor relieve el desarrollo de bosques comestibles, que no son más que agro-sistemas en los que se apuesta por el equilibrio y la armonía. Es decir, con ellos se propone un modelo de reforestación en los que se prima la conservación tanto del suelo como de la biodiversidad.

¿Cómo se crea un bosque comestible?

Dicho de ese modo, la “creación” de un bosque comestible parece una obra de ingeniería en la que se deben tener muchos aspectos en cuenta. Sin que esto deje de ser cierto, la realidad es que este tipo de ecosistemas se han de diseñar y cuidar basándose en la propia naturaleza, determinando qué especies se han de plantar, cuál debe ser su densidad y cómo tienen que estar distribuidas.

Pero para obtener un buen resultado, la clave pasa por estudiar los bosques como tal, ya que, por una parte, en ellos no es necesario realizar ninguna acción para su cuidado (son autosuficientes), y por otra, tampoco necesitan productos químicos como fertilizantes o pesticidas. A fin de cuentas, se trata de crear un ecosistema que sea capaz de crecer por sí mismo, al tiempo que ofrece alimentos tanto a las personas como a los animales que lo habitan.

Permacultura

La creación de bosques comestibles forma parte de un sistema denominado permacultura, cuyos principios se basan en un diseño agrícola, económico, político y social que tiene en cuenta patrones y características del ecosistema natural. En palabras de uno de sus impulsores, el australiano Bill Mollison, “la permacultura es la filosofía de trabajar con, y no en contra de, la naturaleza; de observación prolongada y reflexiva, en lugar de labores prolongadas e inconscientes; de entender a las plantas y los animales en todas sus funciones, en lugar de tratar a las áreas como sistemas monoproductivos”.

Es decir, se trata de un sistema que deja de lado los monocultivos y las sobreexplotaciones del terreno, las cuales, a la postre no solo suponen un paulatino empobrecimiento de la tierra, sino que además acaban con la fauna (animales e insectos) propia de la zona. Por el contrario, los ecosistemas como los bosques comestibles se caracterizan por cultivos perennes y de bajo mantenimiento, en los que las propias plantas se entremezclan entre sí, otorgando una mayor riqueza al terreno y potenciando la biodiversidad.

Factores para crear bosques

Sobre este tema se extienden en Organizmo, un centro de capacitación en hábitats sostenibles, donde explican que “una parte importante del bosque comestible es que el suelo debe mantenerse cubierto con plantas herbáceas perennes (coberturas). Si el suelo está cubierto se mantiene en buenas condiciones, lo que beneficia a todas las demás plantas del sistema. En los huertos y otros sistemas de cultivos de plantas anuales, una gran parte del gasto en mantenimiento es por concepto del deshierbe, mientras que en un bosque comestible (bien diseñado) existen pocos espacios u oportunidades para que se establezcan hierbas no deseadas”.

Además, apuntan algunos factores que se deben tener en cuenta para elegir la vegetación que deba estar presente en el bosque. Es el caso del clima, la temperatura media, la humedad, la exposición solar, el nivel de lluvias… En resumidas cuentas, todos aquellos elementos que definen la flora y la fauna de un ecosistema.

Los bosques son sumideros de carbono

Aparte de beneficios como la cosecha de una gran diversidad de productos con alto valor nutritivo, de la posibilidad de sacarle partido comercial o incluso de la belleza que proporciona al paisaje, un bosque comestible aporta beneficios medioambientales. Uno de ellos es su capacidad para ser un sumidero de carbono.

Este concepto difundido a partir del protocolo de Kyoto se aplica a “todo sistema o proceso por el que se extrae de la atmósfera un gas o gases y se almacena. Las formaciones vegetales actúan como sumideros por su función vital principal, la fotosíntesis (…). Mediante esta función, los vegetales absorben CO2 que compensa las pérdidas de este gas que sufren por la respiración y lo que se emite en otros procesos naturales como la descomposición de materia orgánica”, explica en su web el Ministerio para la Transición Ecológica y el Reto Demográfico de España.

Un mecanismo natural

Así pues, los bosques son uno de los principales sumideros naturales de carbono que utiliza la propia naturaleza para evitar que la temperatura ascienda, eliminando en el proceso de la fotosíntesis los excesos de dióxido de carbono. El otro gran sumidero es el océano. No en vano, es capaz de absorber la mitad del carbono que es emitido a la atmósfera.

Por esta razón, una de las estrategias que se están llevando a cabo para frenar el cambio climático y el aumento de la contaminación atmosférica pasa por el desarrollo de técnicas que sean capaces de capturarlo. Y es ahí donde los bosques comestibles juegan un importante papel, ya que a la labor alimenticia y de enriquecimiento del terreno se suma la capacidad actuar como sumideros de carbono. No obstante, hay que señalar que la reforestación de superficies no es suficiente para atender la alarma climática, sino que solo es un paso más para ayudar en la transición energética y en la lucha contra la emisión de gases con efecto invernadero.