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TRANSFORMACIÓN | 13.01.2021

Gabriela Paoli: “Los padres deben utilizar la tecnología como una aliada para conectar con sus hijos”

Marta Villalba

Marta Villalba

Psicóloga afincada en España desde hace veinte años, Gabriela Paoli (Argentina, 1976) es la autora del libro Salud digital: claves para un uso saludable de la tecnología. Un texto que surge a raíz de una queja habitual de sus alumnos y pacientes de varios países: vivir acelerados, fatigados, desmotivados y tecnoestresados. 

Escrita antes de la pandemia, la obra trata de humanizar la tecnología para que esta mejore nuestras vidas (y no al revés). Algo especialmente relevante cuando la educación online y el teletrabajo se han implantado irremediablemente en el día a día de todos. Este uso más intensivo que nos lleva a estar hiperconectados está teniendo consecuencias a nivel relacional y emocional, según esta experta.

En este contexto, la prevención resulta aún más necesaria que antes. Para crear unos hábitos digitales saludables, Gabriela Paoli hace hincapié en la gestión del tiempo y propone al lector elaborar una “auditoría personal para comprobar a qué dedicamos nuestro valioso tiempo. De esta manera podemos ser conscientes de si existe un problema y, una vez aceptado, se debe establecer un plan de acción”, explica. Este consiste en aplicar distintas estrategias —como reservar momentos para la desconexión, planificar actividades y citas y saber priorizar— para recuperar la sensación de control sobre el tiempo y llenarlo de contenido saludable.

En vez de conectar con el WiFi, la psicóloga propone hacerlo con la naturaleza, por sus múltiples beneficios, entre ellos, calmar la mente, mantener a raya el estrés y la ansiedad y encontrarse con uno mismo. “Tal vez no puedas salir de casa, pero el simple hecho de dejar el móvil y mirar por la ventana tomando un café o una infusión y ver el paisaje ya es un momento de desconexión”, apunta.

En esa misma línea de realizar “escapadas mentales”, Gabriela Paoli sugiere “el aburrirse, la vida contemplativa, ver una puesta de sol, la lluvia, buscar nuestro momento de silencio, apagar el ruido mental al que estamos hiperexpuestos. A veces en la ducha surgen ideas fantásticas o en plena caminata es cuando se activa la parte más creativa porque la más productiva está en descanso y esto nos permite que emerjan ideas”.

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¿Cómo distinguir entre uso, abuso y adicción?

Toda conducta que genera placer es susceptible de convertirse en una adicción, porque cada vez que la realizamos, se activan los receptores de dopamina (la hormona del placer) y puede provocar que queramos más y más.

Una de las primeras señales de alarma para detectar que estamos tecnoestresados es el tiempo de conexión, el tener una necesidad constante de ver si has recibido algo nuevo, el miedo a perderte información, que es un trastorno psicológico que se conoce como FOMO (fear of missing out). También la incapacidad de salir de casa sin el móvil, un problema psicológico llamado nomofobia, que genera nerviosismo y ansiedad.

Pero el indicador que debe ponernos en alerta es cuando se produce una interferencia en las áreas de la vida. Esto es, aplazar o postergar, normalmente de forma paulatina, actividades que se suelen hacer. Cuando sucede esto ya lo podemos catalogar como abuso. Si el abuso “se intensifica y cronifica y la persona no puede vivir sin el dispositivo, entonces ya se puede hablar de adicción”, precisa Gabriela Paoli.

En esta etapa, el nivel de tolerancia es cada vez mayor y ya no es suficiente, por ejemplo, con tres horas de pantalla, sino que se necesitan más para sentir lo mismo. Y se produce el síndrome de abstinencia: la retirada del dispositivo te hace sentir nervioso y ansioso. “La persona tecnoadicta no reconoce el problema, hay una negación y una subestimación del mismo. Para que se dé cuenta de ello, son muy importantes las quejas que recibe de su entorno, padres, pareja, hijos…”, destaca la experta.  

Cuando el uso excesivo de la tecnología interfiere en otras áreas de nuestras vidas, “se deja de estudiar, de trabajar o empieza a disminuir nuestra capacidad de producción”. En el caso de los niños y adolescentes, supone que ya no quieren ir a entrenar o a clases de música o cualquier otra actividad extraescolar. Un estudio de la Universidad de Valencia y Fundación MAPFRE concluye que un 5 por ciento de los jóvenes españoles hacen un uso excesivo de las tecnologías y un 2,5 por ciento está enganchada.

“Los propios profesores no saben cómo explicarles y enseñarles porque ven que en clase están como ausentes y que se aburren porque están siendo hiperestimulados a través de las pantallas, con luces, sonido, movimiento, todo es muy rápido, dinámico y atractivo. Entonces luego el escribir, leer, subrayar o hacer un esquema les cuesta horrores. Afecta a la atención sostenida y la concentración”.

A nivel social y emocional, otra señal de alarma que revela un mal uso de los dispositivos son las conductas antisociales, el no querer salir con los amigos ni realizar actividades familiares. “La gran mayoría de profesionales estamos detectando que se está perdiendo la comunicación cara a cara directa”, advierte Gabriela Paoli.

La psicóloga destaca la importancia de evitar otro mal hábito: acostarse con el dispositivo. Si te vas con la tablet o el smartphone a la cama, la luz azul que desprenden las pantallas confunde al cerebro porque piensa que es de día y, por tanto, retrasa la producción de melatonina, la hormona que nos ayuda a iniciar el sueño.

“El vamping tecnológico supone una alteración de los patrones del sueño en el que los más jóvenes van zombis al colegio al día siguiente porque se han quedado hasta las dos o tres de la madrugada jugando o chateando o viendo vídeos. Se les van horas de sueño, al otro día no se concentran, se duermen en clase y ahí entramos en otro conflicto, que es el rendimiento. Empiezan a bajar las notas, a no presentar trabajos. Estas apps están diseñadas para atraparnos. ¿Tú conoces a alguien que tenga obsesión por el Word, Excel, etc? Pero en cambio sí a alguien que se va de un vídeo a otro, luego sigue a un youtuber, luego a un influencer o hace maratones de series”, plantea la psicóloga.

Que los padres se interesen por lo que a ellos les interesa

Con el incremento del uso de las pantallas por la pandemia, a las familias les está resultando muy difícil poner freno a este consumo excesivo, sostiene Gabriela Paoli: “Es una realidad y hay que asumirla y cada vez va a ir a más. Están pasando auténticas batallas dentro de casa por ello. Para sacarles de esa conexión permanente, se debe actuar primero con el deber y luego con el placer. Primero los estudios y trabajos y luego unas horitas de ocio digital, según las edades y circunstancias de cada uno”.

Con el mismo objetivo, esta experta aconseja a los progenitores evitar el efecto desplazamiento, en el sentido de que no está mal que jueguen un poco al Fortnite o cualquier otro juego, pero “el problema es cuando desplaza a las otras actividades y dejan de leer, de dibujar, de pintar, de escribir, de ir a clase de ballet, piano o violín”. Por eso, los padres deben fomentar y motivarles para que realicen las actividades que siempre les han gustado.

Además, deben ofrecerles alternativas, por ejemplo, decirles “Juegas un ratito y luego nos vamos a dar una vuelta en bicicleta.” Hay que intentar estar muy presentes, aunque cueste un poco. “Hay padres y madres que viven como un imposible luchar contra eso, y además, con la brecha digital, ellos sienten que no se enteran. Intentemos no educar desde el miedo, tienen que sentir cautela y respeto y curiosidad, porque saben más que nosotros. Los padres deben utilizar la tecnología no como un enemigo sino como una aliada para conectar con sus hijos. Así propician que los hijos compartan con ellos sus inquietudes. Que se interesen por lo que ellos se interesen”.

Consejos para padres que quieran inculcar hábitos saludables

Para esta psicóloga especializada en adicciones tecnológicas es importante educar digitalmente. Es decir, darles las mismas pautas que uno les da en la vida real (no hables con desconocidos, no aceptes caramelos de extraños, evita las calles oscuras…), pero extrapoladas al mundo virtual (tiempo de conexión, privacidad, seguridad…).

Y ante la detección de un abuso, “yo haría una asamblea familiar para dialogar y hacer que el adolescente reflexione. E intentar reconducirlo y pactar tiempo de conexión y establecer horarios para que no interfiera en otras actividades”.

A la hora de solucionar el problema, los padres también necesitan unas buenas dosis de paciencia y perseverancia. Gabriela Paoli aclara que pretender que un adolescente haga caso a la primera es muy difícil. “Hay que tener en cuenta que, por el momento evolutivo en el que se encuentran, pedirles que se autorregulen es muy complicado, porque el lóbulo prefrontal del cerebro es lo último que se desarrolla en el ser humano y es el encargado del control de los impulsos y de la gestión de las emociones. Un adolescente no tiene consolidada esa estructura fisiobiológica y no tiene la capacidad de controlar ese impulso. Es el adulto el que tiene que enseñarle a hacer un uso más responsable y saludable de los dispositivos. Por eso hay que estar muy encima de ellos”.

También es importante la programación de momentos de desconexión digital. Los fines de semana “está bien que jueguen un poco y alternen actividades pasivas con otras al aire libre como ir a visitar a alguien, a caminar, ir de excursión… que suponen momentos de desconexión (no vale llevarse la tablet a casa de los abuelos). Es un factor de protección que hagamos en familia y sin dispositivos al menos una comida al día. Esto es importantísimo para comunicarnos, vernos y escucharnos”.

Y como padres dar ejemplo. “Cuidado, porque lo que realmente educa son nuestros hechos, no nuestras palabras. Ser coherentes con eso que promulgamos y fomentamos y decimos es lo más importante porque es con lo que ellos se quedan.”