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TECNOLOGÍA| 27.01.2021

Coronavirus, escuelas rurales y la importancia de Internet

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Uno de las herramientas, la principal podríamos decir, que nos ayudó a que la enseñanza no se paralizara por completo en los meses de marzo, abril y mayo de 2020 en España fue Internet. Permitió que, con el uso de videoconferencias y mediante diversas fórmulas para compartir archivos, las clases continuaran. 

Ahora, con el retorno de las clases presenciales, continúa siendo una ventana abierta al conocimiento, y el marco en el que se puede acceder a multitud de aplicaciones y contenidos que ayuden a los docentes a hacer su trabajo. Algo que puede ser especialmente importante en localidades rurales. Probablemente en España, aunque hay ciertas carencias en algunas zonas concretas, todos podemos acceder a la Red de Redes pero, ¿esto es así en todo el mundo?

¿Qué ocurre en tiempos de pandemia sin acceso a Internet?

En zonas rurales de Colombia, cuando cerraron los colegios se encontraron con una difícil situación que hacía casi imposible mantener la educación en marcha. Por un lado, los alumnos no contaban con libros de texto. Por otro, en la mayoría de los casos tampoco disponían de un ordenador. Y se hace difícil hablar de acceso a Internet cuando en ocasiones no está garantizado ni siquiera el suministro eléctrico. Y sin conexión a la Red es inviable hablar de educación online.

Los docentes tuvieron que suplir, en la medida de lo posible, todas estas carencias elaborando e imprimiendo guías escolares para entregar a los padres de los alumnos que, además, se encargaron de repartir puerta a puerta. A esta figura, que ha ido casa por casa entregando las guías, la han puesto el bonito nombre de mensajero pedagógico (en este vídeo se puede ver, y escuchar, las opiniones de responsables educativos, docentes y alumnos sobre esta iniciativa).

La experiencia Wireless on Wheels en el condado de Louisa

No estamos hablando únicamente de países en vías de desarrollo; no conviene dejarse llevar por apriorismos sin informarse debidamente. Hace unos meses leíamos que las escuelas rurales en determinadas zonas de Estados Unidos habían sido la tabla de salvación que había permitido a muchos escolares acceder a Internet. Hay regiones en las que los servicios de banda ancha no llegan, simple y llanamente porque las empresas proveedoras no ven justificada la inversión. 

Es el caso de algunos condados rurales cercanos a la ciudad de Charlottesville, en el estado de Virginia. Y nos daban el ejemplo del condado de Louisa donde se estima que el 40% de los niños no tienen un buen acceso a la Red en sus domicilios. Allí se tuvo que recurrir, cuando las escuelas cerraron en marzo, a una solución similar a la ya relatada en Colombia: la impresión de material de trabajo para los escolares.

Durante el verano las autoridades han estado invirtiendo en la puesta en marcha de puntos de acceso a Internet. Se barajaron varias soluciones que no funcionaron, como el uso de autobuses escolares para la creación de puntos de acceso móviles. Finalmente fabricaron desde cero unidades inalámbricas, alimentadas por energía solar, que se denominaron Wireless on Wheels (WOW) y que se distribuyeron por todo el condado. En su construcción colaboraron los profesores y los alumnos de Formación Profesional.

Cuando empezaron el objetivo era llegar a los 30 hotspots (“punto caliente” de acceso a Internet) antes del día 13 de agosto, en el que estaba previsto que se reanudaran las clases. Estos puntos móviles de acceso a Internet están repartidos en parkings de iglesias, colegios y supermercados, en las pequeñas localidades de Louisa y Mineral. Con ellos garantizan que cualquier familia residente en el condado de Louisa esté a menos de 20 minutos de uno de estos puntos.

Si alguien tiene curiosidad el proyecto Wireless on Wheel tiene una web oficial creada por las Escuelas Públicas del Condado de Louisa, promotoras de toda la idea, en la que se pueden consultar la localización de los hotspots y, lo que es más interesante: las instrucciones detalladas para construir uno de estos puntos de acceso a Internet. Eso incluye el armazón principal, el soporte para las células solares que dan autonomía a los hotspots y, finalmente, la correcta disposición de todos los elementos eléctricos. Cada uno de estos puntos móviles da una señal WiFi que alcanza un radio de 200 pies (equivale a unos 61 metros).

Las Escuelas Públicas del Condado de Louisa, como aclaran en su web, poseen la idea, el diseño y todos los derechos de Wireless on Wheel, pero animan a otras escuelas públicas, suponemos que en principio las estadounidenses, a crear sus propias unidades. Siempre con las necesarias precauciones y medidas de seguridad, por supuesto.

Una segunda oportunidad en España para las escuelas rurales

Lo paradoja que la situación actual ha creado en España ha sido que varias escuelas rurales están teniendo una segunda oportunidad generada por la pandemia. Es de sobra conocido, todos hemos escuchado el término España vaciada, que este tipo de centros escolares ha ido cerrando, uno a uno, hasta prácticamente desaparecer.

En el diario ABC nos cuentan el caso de Aguilar de Alfambra, un pueblecito de Teruel, con tan solo 63 habitantes censados, cuya pequeña escuela ha vuelto a abrir sus puertas para recibir a cinco niños, tras permanecer treinta años cerradas. En Arrabalde, pequeña localidad zamorana, han reabierto para que reciban sus clases ocho escolares.

Transformación del modelo

Por lo tanto, en la transformación del modelo que viene imperando en el último siglo se halla la clave para avanzar en la dirección correcta. “Desde que Clarence Saunders tuvo la magnífica idea de inventar los supermercados allá por 1916, el consumidor ha sido educado y acostumbrado a encontrar todo tipo de productos en grandes cantidades y durante todo el año”, explica Daniel Ten, CEO de Integrana, que añade: “Este hecho tuvo –y sigue teniendo– un impacto tremendo para la agricultura, transformando la manera en la que producimos y entendemos el campo. Así, para responder al aumento de la demanda y la ruptura de la estacionalidad, los agricultores pasaron de cultivos perennes y diversificados a monocultivos intensivos y anuales”.

Esa evolución, sumada a la globalización, ha provocado que se pueda conseguir cualquier producto de cualquier sitio del mundo en apenas un par de días sin importar la huella ecológica que se produce. Además, los precios agrícolas tienden a disminuir, llevando a muchos productores a arrancar cultivos que aunque fueran viables, no resultan rentables. Y como colofón, “el monocultivo intensivo empobrece los suelos agrícolas y los vuelve estériles para el cultivo, mientras que el uso continuado de pesticidas y fertilizantes químicos acaba con la fauna autóctona y contamina las aguas subterráneas”, añade el propio Daniel Ten.

Son experiencias muy concretas, que se pueden contar con los dedos de la mano, pero que podrían indicar una senda a seguir. Si lo pensamos, estos espacios carecen de todos los problemas que favorecen la transmisión del virus: no hay masificación, no hay necesidad de recurrir al transporte público para llegar hasta ellos.

En principio, con la actividad presencial ya reanudada Internet es una herramienta más al alcance de los docentes, un elemento que tanto en zonas rurales como en las grandes ciudades se puede, o se debería, usar por igual.

Parece evidente que los responsables del proyecto de Virginia tienen muy claro que Internet es imprescindible si se quiere, o si solo se puede, dar clases online; algo que con la pandemia ha cobrado una importancia crucial.

En Colombia han sufrido la carencia de infraestructuras adecuadas y en España el contar con ellas permitió que el curso anterior la educación no se detuviera. Ahora que hemos vuelto a las clases presenciales, Internet sigue siendo la llave de un plan B, volver a las clases online, si la situación se complicara de nuevo (como hemos comprobado con la tormenta Filomena).

Internet es también una fuente de recursos educativos y de una ingente cantidad de oportunidades de aprendizaje. Tanto ahora, como cuando todo esto pase, no se puede permitir que las zonas rurales pierdan este tren de progreso, como ha ocurrido con otros avances en el pasado. Si además la dura experiencia que estamos viviendo propicia, como en el caso español, que nos demos cuenta de que las escuelas rurales que cerraron tienen motivos para abrir de nuevo sus puertas, habremos sacado algo bueno de ella. Lo nuevo puede y debe convivir con lo que pensamos que era viejo, cuando simplemente era diferente.