En los años noventa, la palabra «reciclaje» apenas empezaba a entrar en los hogares. Nadie hablaba de huella de carbono. Los paneles solares parecían cosa del futuro y la economía circular era un concepto reservado a unos pocos ingenieros. Sin embargo, en esas décadas ya había personas que miraban el mundo de otra manera y se hacían preguntas como: ¿por qué los productos que usamos tienen que acabar en la basura? ¿Por qué no se puede fabricar un mueble con madera reforestada? ¿Y si una fábrica pudiera crecer sin contaminar el aire? Esas preguntas, formuladas en laboratorios universitarios y pequeñas oficinas, son la semilla del emprendimiento verde. Lo que entonces parecían ideas marginales, hoy mueven millones de euros, crean empleo en todo el mundo y están obligando a las grandes corporaciones a cambiar sus modelos de negocio.

«El futuro de los negocios no es elegir entre rentabilidad o sostenibilidad, sino entender que ya son inseparables». Son palabras del autor, activista y ex directivo Paul Polman. Polman es un greenpreneur, un emprendedor que sitúa la sostenibilidad en el núcleo de su modelo de negocio.

A diferencia de los modelos tradicionales, los greenpreneurs no se limitan a introducir mejoras sostenibles en negocios existentes. Diseñan sus empresas desde el origen con el objetivo de resolver problemas concretos: la acumulación de residuos, la escasez de agua, la pérdida de biodiversidad o las emisiones de gases de efecto invernadero. Para ellos, la sostenibilidad no es un coste adicional, sino una fuente de ventaja competitiva. Esta forma de entender la empresa explica en gran medida el crecimiento que ha experimentado el sector en la última década.

Europa se ha consolidado como uno de los principales motores de este fenómeno. Según el informe Circular startup funding in Europe 2024, la financiación de startups de economía circular en Europa ha entrado en una fase de mayor madurez, y el balance anual refleja un crecimiento estructural del sector, con una financiación total de 12.600 millones de euros en 2024 a través de 383 operaciones. El informe destaca el peso creciente de sectores como baterías, movilidad o gestión de recursos, evidenciando tanto la consolidación como la especialización del ecosistema circular europeo.

Datos de la Agencia Internacional de la Energía confirman que la inversión en startups de energía limpia ha crecido de forma significativa en los últimos años, especialmente en áreas como movilidad eléctrica, nuevos materiales o tecnologías industriales, consolidando un ecosistema cada vez más diverso y global. Este avance responde a una combinación de factores: políticas públicas ambiciosas –como el Pacto Verde Europeo–, una mayor disponibilidad de financiación y una creciente conciencia social.

Uno de los cambios más significativos ha sido la transformación en la percepción del riesgo. Durante años, las inversiones en sostenibilidad se consideraban inciertas o poco rentables. Hoy, sin embargo, las soluciones vinculadas a la transición ecológica no solo son necesarias, sino también económicamente competitivas. Según el informe Fostering Effective Energy Transition 2024 del World Economic Forum, más del 80% del crecimiento de la capacidad eléctrica mundial en los últimos años procede ya de energías renovables, mientras que tecnologías como la solar fotovoltaica y la eólica se han convertido en las opciones más baratas en la mayoría de los mercados. Esta evolución ha reforzado la confianza inversora y ha contribuido a una fuerte movilización de capital. El propio WEF señala que la inversión en tecnologías de transición energética deberá superar los 4 billones de dólares anuales antes de 2030 para cumplir los objetivos climáticos, consolidando así una ola de financiación sostenida hacia la tecnología verde. Esta nueva mirada ha desencadenado una ola de financiación sin precedentes en el ámbito de la tecnología verde.

El caso de la empresa neerlandesa RIFT es ilustrativo. Su cofundador, Mark Verhagen, impulsó el desarrollo de pilas de combustible de hierro con el objetivo de descarbonizar industrias intensivas en energía. Un proyecto que refleja el creciente interés por soluciones capaces de transformar sectores tradicionalmente difíciles de electrificar.

No es un caso aislado. En 2015 Ronnie Mogensen, entonces estudiante de máster en la Universidad de Uppsala, se encontró con un estudio sobre baterías de sodio del científico y premio Nobel John B. Goodenough. Aquella lectura despertó una idea: explorar alternativas más sostenibles a las baterías tradicionales. Para ello, empezó a trabajar con su profesor Reza Younesi y con el experto en materiales William Brant. Juntos desarrollaron un nuevo material que podía servir como base para este tipo de baterías. Ese primer avance, nacido en un entorno académico, acabaría dando lugar a la fundación por parte del trío de la empresa Altris en 2017, con la intención de llevar esa tecnología al mercado y ofrecer una alternativa más accesible y sostenible.

En Paraguay, Verónica Alegre y Maura Martí desarrollaron una alternativa al cuero a partir de residuos de mango, convirtiendo un problema agrícola en una nueva oportunidad productiva y fundando la empresa Maigotex. En China, la emprendedora Supa fundó la marca HowBottle, que transforma botellas de plástico en productos de diseño, demostrando que la economía circular puede ser también deseable para el consumidor. Y en África, iniciativas como el programa SURGE en Ghana, apoyan a empresas verdes que empiezan y que combinan sostenibilidad y desarrollo económico.

Hace falta colaboración para superar los obstáculos

Sin embargo, el crecimiento de este tipo de iniciativas no está exento de desafíos. El acceso a financiación en fases tempranas sigue siendo una de las principales barreras, especialmente en proyectos que requieren grandes inversiones iniciales. A ello se suma la necesidad de marcos regulatorios estables y de herramientas más precisas para medir el impacto real de las iniciativas. La falta de estándares comunes dificulta la comparación entre proyectos y, en ocasiones, limita la confianza de los inversores.

En este contexto, la colaboración entre actores públicos y privados resulta fundamental. Programas de incubación, aceleración y financiación específica están contribuyendo a fortalecer el ecosistema emprendedor. Al mismo tiempo, la integración de criterios ESG en las decisiones de inversión está impulsando una mayor alineación entre rentabilidad y sostenibilidad. La educación y la formación también juegan un papel clave, al preparar a nuevas generaciones de emprendedores para desarrollar soluciones innovadoras.

Desde Mapfre, entendemos que el emprendimiento verde representa una oportunidad estratégica para avanzar hacia un modelo económico más sostenible. No se trata solo de adaptarse a un entorno cambiante, sino de contribuir activamente a su transformación. Tal y como recogemos en nuestro último informe integrado, el apoyo al emprendimiento sostenible forma parte de una visión orientada a generar valor a largo plazo, tanto para la sociedad como para el propio negocio.

Nuestro compromiso se refleja, por ejemplo, en la colaboración con instituciones académicas y programas de innovación social que identifican y acompañan proyectos con alto potencial de impacto, como los Premios Fundación Mapfre a la Innovación Social que organizamos junto con IE University. Estos galardones apoyan soluciones innovadoras con potencial de gran impacto social en sectores como la salud, la movilidad, la tecnología digital y la economía plateada. Buscamos precisamente a esos emprendedores que, con sus ideas, están transformando los desafíos sociales y ambientales en oportunidades de negocio inclusivas y sostenibles.

El papel de las grandes corporaciones es, en este sentido, cada vez más relevante. Más allá de sus propias estrategias de sostenibilidad, pueden actuar como plataformas que aceleran la innovación, conectando startups con mercados y facilitando la adopción de nuevas soluciones. Esta relación es bidireccional: las empresas emergentes aportan agilidad y creatividad, mientras que las corporaciones ofrecen escala y capacidad de implementación.

El emprendimiento verde no es una moda pasajera, sino una respuesta estructural a los desafíos del presente. Su capacidad para generar soluciones innovadoras, crear empleo y transformar modelos productivos lo convierte en un auténtico catalizador de oportunidades en un mundo que necesita, más que nunca, nuevas formas de crecer.