Hace años que la mayor complejidad del escenario global ha popularizado el término geopolítica. Pero José Luis Jiménez, CFO de Mapfre, señala más bien el concepto de la geoeconomía, que pone el foco en los recursos y las necesidades económicas de los países. “El 90 % de los conflictos tienen detrás una razón económica, y en el otro 10 % hay una mezcla entre el poder y el dinero”, afirma en referencia a una máxima que se enseña a los economistas.

Desde que en la primera guerra púnica Roma y Cartago se disputaron la isla de Sicilia, el granero de Europa de aquella época, hasta la actualidad donde la guerra contra Irán de Estados Unidos e Israel se ha centrado en el control del petróleo, hay infinidad de ejemplos de la naturaleza económica de los conflictos. Así lo señaló el CFO en su intervención en las XXX Jornadas Internacionales de Mapfre Global Risks, la unidad de grandes riesgos de Mapfre, titulada ‘Panorama económico y conflicto en Oriente Medio’.

Es un esquema que se repite, aunque puede adoptar nuevas formas. En el mundo de la globalización y la digitalización, la competencia ya no es solo por territorios o metales preciosos, sino también por la energía, los minerales críticos, la tecnología o las infraestructuras logísticas. Y la lucha por el acceso y el control de estos activos explica buena parte de las tensiones actuales en el mundo.

Al mirar esos conflictos, se aprecian razones ideológicas o políticas, que actúan en muchos casos como detonantes, pero la tesis del directivo de Mapfre invita a ver más allá. La situación de Oriente Medio es un ejemplo muy claro de esta lógica: si bien a primera vista los factores religiosos parecen determinar su inestabilidad, bajo esa superficie se encuentra el control de la energía. En un mundo aún dominado por los combustibles fósiles, sigue siendo clave la zona del Golfo Pérsico, uno de los mayores centros de producción de petróleo y gas natural, de los que proveen al resto del mundo.  

Las guerras tienen hoy consecuencias globales

Los conflictos actuales se parecen mucho a los del pasado en sus causas, pero tienen una gran diferencia en sus consecuencias. El daño económico tiene hoy un alcance mucho más extenso, por la propia naturaleza de una economía hiperconectada, donde los recursos no se consumen donde se producen, sino que recorren miles de kilómetros a través de complejas cadenas logísticas.

José Luis Jiménez alerta del efecto dominó que, en este engranaje global, puede tener cualquier alteración, afectando especialmente a las cadenas de suministro. En este caso, una crisis en una región productora puede encarecer la energía en Europa, ralentizar la industria en Asia y provocar enormes pérdidas en los mercados financieros en apenas unas horas. Las guerras ya no son lejanas, se han convertido en shocks para la economía global.

Además del impacto más tangible e inmediato, las guerras dejan su huella elevando la incertidumbre, un factor más abstracto, pero de profundas consecuencias a largo plazo. Sin confianza en la economía, los costes se elevan y la toma de decisiones es más compleja, obligando a gobiernos, empresas e inversores a replantear sus estrategias de actuación.

Ante estas fragilidades, que se ponen en evidencia con episodios como el bloqueo de Ormuz, un cuello de botella del comercio mundial, los actores pugnan por asegurarse su futuro. En esto también vemos paralelismos con el pasado, aunque sean ahora más complejos: los países compiten por los recursos, pero fundamentalmente lo hacen por garantizar el acceso seguro a los mismos.

Para el directivo, esto explica la creciente inversión en infraestructuras alternativas, como oleoductos o rutas comerciales paralelas, y el interés por diversificar proveedores energéticos. Pero son estrategias que requieren tiempo y grandes inversiones, por lo que, en el corto plazo, es difícil reducir las dependencias y las economías permanecen expuestas a este tipo de riesgos.

No obstante, también destacó la importancia de no centrar el análisis en el corto plazo y valorar muchos aspectos positivos que muestran el progreso alcanzado. La historia vuelve a repetirse continuamente y el pesimismo actual es similar al que existía en torno a 1930, según recogen las crónicas. La realidad es que en los últimos 100 años se ha multiplicado por siete la renta real en el mundo, la mortalidad infantil ha descendido del 34 % al 4 %, y la alfabetización se ha incrementado del 32 % al 90 %.

Mientras la economía mundial dependa en buena medida de recursos concentrados en determinadas regiones, los riesgos de conflictos seguirán presentes. Pero este escenario de fragmentación precisamente llama a los actores económicos a anticiparse y prepararse para estos desafíos, una idea que José Luis Jiménez trasladó con un mensaje de optimismo en el futuro por la capacidad de adaptación y avance de las sociedades.

Accede aquí a la intervención completa de José Luis Jiménez, director corporativo financiero de Mapfre.