1. Rentabilidad

Es lo que gana (o pierde) una inversión en un periodo determinado, expresado normalmente en porcentaje. Pero tiene matices: no es lo mismo la rentabilidad acumulada, que mide todo lo ganado desde el inicio, que la anualizada, que indica cuánto se ha ganado de media cada año. Además, siempre debe leerse junto a su fecha de referencia y al plazo que abarca. Un fondo que ha subido mucho en tres meses no dice gran cosa sobre cómo se comportará en cinco años.

2. Riesgo y volatilidad

En inversión, riesgo y rentabilidad van de la mano: cuanto mayor es el potencial de ganancia, mayor suele ser la posibilidad de sufrir pérdidas (aunque no es una ciencia exacta). La volatilidad es la forma más habitual de medir ese riesgo e indica cuánto oscila el valor de una inversión a lo largo del tiempo. Ninguna volatilidad es mejor que otra en abstracto: todo depende de lo que busque cada inversor y de cuánto esté dispuesto a soportar.

Para facilitar la comparación, los productos de inversión incluyen en su documento de datos fundamentales un indicador de riesgo en una escala del 1 al 7, donde el 1 es el nivel más bajo y el 7, el más alto.

3. Ratio de Sharpe

Si rentabilidad y riesgo suelen ir de la mano, la pregunta lógica es cuánta rentabilidad se obtiene por cada unidad de riesgo asumido. Eso mide la ratio de Sharpe. Se calcula restando la rentabilidad de un activo libre de riesgo a la rentabilidad de la inversión que estamos midiendo y, posteriormente, dividir la cifra resultante entre el riesgo, determinado como la desviación típica o volatilidad histórica de la inversión.

Cuanto más alta es la ratio, mejor ha compensado la inversión el riesgo asumido. Dos fondos pueden haber ganado lo mismo, pero si uno lo ha hecho con muchas más oscilaciones, su ratio será menor. Es muy útil para comparar productos de una misma categoría, aunque se calcula con datos del pasado.

4. Drawdown o caída máxima

La volatilidad indica cuánto oscila una inversión, pero no responde a la pregunta que más preocupa al inversor: ¿cuánto podría llegar a perder en el peor momento? Para eso existe el drawdown, o caída máxima, que mide el descenso desde el punto más alto que ha alcanzado una inversión hasta el punto más bajo posterior.

Esconde, además, una trampa matemática: las pérdidas y las ganancias no son simétricas. Si una inversión cae un 20%, necesita subir un 25% para volver al punto de partida. Si cae un 50%, necesita un 100%. Cuanto más profunda es la caída, más cuesta salir de ella, y no de forma proporcional. Por eso muchos análisis lo acompañan del periodo de recuperación, el tiempo que tardó la inversión en volver a su máximo anterior.

5. Interés compuesto

Se suele atribuir a Albert Einstein, aunque no hay constancia de que lo dijera, la frase de que el interés compuesto es la fuerza más poderosa del universo. Consiste en que los beneficios generados se reinvierten y, a su vez, generan nuevos beneficios. Es el efecto bola de nieve.

Un ejemplo ilustrativo: 10.000 euros invertidos a una rentabilidad constante del 5% anual se convertirían en unos 26.500 euros al cabo de 20 años, sin aportaciones adicionales. La clave está en el tiempo: cuanto antes se empieza y más se mantiene la inversión, más trabaja el dinero.

6. Inflación y rentabilidad real

La inflación erosiona el poder adquisitivo del dinero. Por eso no basta con fijarse en la rentabilidad de una inversión: hay que descontarle la subida de precios para saber cuánto se ha ganado de verdad. Si una inversión rinde un 3% en un año en el que la inflación es del 2%, la rentabilidad real se queda aproximadamente en un 1%. Y el dinero parado en una cuenta sin remunerar pierde valor año tras año, aunque el saldo no cambie.

7. Liquidez

Es la facilidad con la que una inversión puede convertirse en dinero disponible sin perder valor por el camino. Un fondo monetario o una cuenta remunerada son muy líquidos; un inmueble o determinados productos a plazo, bastante menos. Por eso se recomienda disponer de un colchón de emergencia en activos fácilmente disponibles antes de invertir a largo plazo, para no tener que vender en mal momento ante un imprevisto.

8. Duración

Su nombre invita a pensar que se refiere al plazo de un bono, y no es exactamente así. La duración mide la sensibilidad del precio de un bono, o de una cartera de renta fija, a los cambios en los tipos de interés. Se expresa en años y tiene en cuenta tanto el vencimiento como los cupones que se cobran por el camino.

La regla básica es que cuando los tipos suben, el precio de los bonos en circulación baja, y al revés. La duración indica cuánto. Como aproximación, un bono con una duración de 5 años perdería alrededor de un 5% de su valor si los tipos subieran un punto porcentual, y ganaría algo similar si bajaran. A mayor duración, mayor potencial de revalorización si los tipos caen, pero también mayor riesgo si suben.

9. TER o gastos corrientes

El TER, siglas en inglés de Total Expense Ratio, recoge en un solo porcentaje anual lo que cuesta mantener un fondo. En español se conoce como gastos corrientes, y así aparece en su documento de datos fundamentales. Agrupa la comisión de gestión, la de depósito y otros gastos operativos, aunque no incluye las comisiones de suscripción o reembolso.

No se paga aparte: se descuenta directamente del valor liquidativo, por lo que es fácil olvidarse de él. Pero su impacto crece con el tiempo. Un ejemplo ilustrativo: una cartera de 10.000 euros que genere un 5% anual antes de gastos acabaría en unos 24.100 euros en 20 años con un TER del 0,5%, y en torno a 19.900 euros con uno del 1,5%. Es el interés compuesto funcionando en contra. Eso sí, el fondo más barato no es siempre el mejor: lo importante es si lo que se paga está justificado por los resultados frente a su índice de referencia.

10. Benchmark o índice de referencia

Es la vara de medir de un fondo: un índice de mercado con el que se compara la evolución de una cartera para saber si su gestión está aportando valor. Un fondo de bolsa española, por ejemplo, suele compararse con un índice de renta variable española. Lo relevante no es solo si un fondo ha ganado o perdido dinero, sino cómo lo ha hecho frente a su índice y frente a productos similares, siempre en plazos suficientemente largos.

Tener esta base es importante, pero siempre resulta aconsejable ir de la mano de un profesional. Mapfre Gestión Patrimonial cuenta con una red de expertos financieros que pueden ayudarte a construir y mantener una estrategia adaptada a tu perfil y a tus objetivos.