Suena el despertador en el móvil, respondemos los primeros mensajes antes de levantarnos, consultamos el correo en el ordenador, registramos pasos en el smartwatch y, al final del día, vemos una serie en streaming en nuestro salón. Nuestra vida cotidiana está completamente atravesada por la tecnología. Este entramado de dispositivos y pantallas, que nos ha permitido transformar la manera en que trabajamos, nos movemos y nos relacionamos, deja a su paso un rastro que no vemos, pero que existe: la llamada «huella de carbono digital».
Cada actividad digital que realizamos genera emisiones de CO₂ debido al consumo energético de los servidores y dispositivos. Y es que, tras estos elementos, encontramos una infraestructura física global que requiere electricidad constante, sistemas de refrigeración y materiales críticos. La tecnología digital tiene, por tanto, un impacto ambiental real. Reconocer esta dualidad, una herramienta imprescindible para avanzar hacia un modelo más sostenible y, al mismo tiempo, una actividad con costes energéticos, es el primer paso para comprenderla y poder gestionarla mejor.
Acciones que dejan huella
La huella de carbono digital se refiere al conjunto de emisiones de gases de efecto invernadero asociadas al uso de tecnologías de la información y la comunicación (TIC). Según ECODES, las TIC representan actualmente entre el 2% y el 4% de las emisiones globales de GEI, una cifra que podría duplicarse para 2040 si no se toman medidas. Según la Agencia Internacional de la Energía (IEA), los centros de datos y las redes de transmisión representan en torno al 1,5% del consumo eléctrico mundial, y se proyecta que la demanda de electricidad se duplicará con creces para 2030. A esta dimensión energética se suma la hídrica, ya que los grandes centros de datos utilizan sistemas de refrigeración que pueden requerir millones de litros de agua al año, especialmente en regiones con altas temperaturas. Según un estudio reciente de investigadores de la Universidad de California Riverside y la Universidad de Texas en Arlington, titulado Making AI Less ‘Thirsty’: Uncovering and Addressing the Secret Water Footprint of AI Models, solo en 2021 los centros de datos de IA propiedad de Google en Estados Unidos usaron aproximadamente 12.700 millones de litros de agua para la refrigeración de sus instalaciones. Un 90% de esa agua era potable.

Conectividad y sostenibilidad en equilibrio
La digitalización es clave para cumplir los Objetivos de Desarrollo Sostenible y acelerar la transición ecológica, pero debe hacerse bajo criterios de eficiencia energética, economía circular y responsabilidad compartida. Las soluciones ya están en marcha en distintos niveles:
- Infraestructuras más eficientes: Los principales operadores de centros de datos están invirtiendo en energías renovables, sistemas de refrigeración avanzados y mejoras en el índice PUE (Power Usage Effectiveness), que mide la eficiencia energética de estas instalaciones. La tendencia apunta hacia centros de datos neutros en carbono y, en algunos casos, con recuperación de calor residual para usos urbanos o industriales.
- Diseño y uso responsable de dispositivos: El ecodiseño, la reparabilidad y la reutilización son claves para reducir la huella asociada a la fabricación. Iniciativas regulatorias en diferentes regiones del mundo están promoviendo el derecho a reparar y estándares de eficiencia más exigentes.
- Hábitos digitales conscientes: Los usuarios también pueden contribuir a reducir la huella al optimizar el almacenamiento en la nube, evitar envíos masivos innecesarios, reducir la calidad de streaming cuando no es imprescindible o prolongar la vida útil de los dispositivos.
- Medición y transparencia: No se puede gestionar lo que no se mide. Cada vez más organizaciones integran la huella digital dentro de sus estrategias climáticas, incorporando indicadores específicos en sus reportes de sostenibilidad.
Mapfre y sus acciones
En Mapfre reconocemos el cambio climático como uno de los mayores desafíos globales y asumimos el compromiso de contribuir a su mitigación. Por eso, desde hace años medimos y gestionamos nuestra huella de carbono de forma rigurosa. Según nuestro último Informe Integrado, en 2025, la huella de carbono del Grupo se redujo un 24% respecto a 2022, superando así el objetivo de reducción del 21% establecido para este año. Estos logros reflejan nuestro compromiso continuo con la sostenibilidad y la mitigación del cambio climático gracias a la contratación de electricidad de origen renovable, la mejora de la eficiencia energética en edificios y la optimización de procesos internos.
Entendemos que la transformación digital y la sostenibilidad deben ir de la mano, por eso la digitalización forma parte de nuestra estrategia global, y somos conscientes de que también implica responsabilidades ambientales. La firma electrónica, la automatización de gestiones y el impulso de canales digitales han disminuido el consumo de recursos materiales y los desplazamientos asociados a la actividad aseguradoras.
Pero no nos limitamos a digitalizar, pues analizamos el impacto energético de nuestras infraestructuras tecnológicas y trabajamos para que nuestros proveedores compartan estándares ambientales exigentes. Nuestro enfoque combina directrices corporativas comunes con planes de acción adaptados a cada contexto local con el objetivo de reducir en un 25% la huella de carbono operativa del Grupo a cierre de 2027. Y es que la huella de carbono digital es una consecuencia de decisiones tecnológicas, energéticas y culturales.
La buena noticia es que contamos con conocimiento y herramientas que permiten compatibilizar conectividad y respeto con el medio ambiente. La innovación bien orientada puede reducir más emisiones de las que genera y la digitalización, gestionada con criterios ambientales, puede ser una aliada decisiva en la transición ecológica.




