La inflación, que ha tocado niveles históricamente altos, hace referencia al coste de la vida y, además, es un barómetro que determina actuaciones con fuertes implicaciones para la economía, que se están agravando todavía más en un entorno de crisis geopolítica como el actual. De ahí este tipo de afirmaciones. Y es que la consecuencia última de una subida de precios es un consumidor que paga más, puede suponer una merma para los resultados empresariales, pero también altera, tal y como se ha visto en las últimas reuniones de los bancos centrales, la política de estímulos, fundamental para que la recuperación no descarrile y para que los países más endeudados sigan pagando bajos intereses por el dinero que toman prestado en los mercados.

En este momento, la tasa de precios se encuentra desbocada a uno y otro lado del Atlántico y, como consecuencia de la Guerra en Ucrania, su tendencia seguirá siendo al alza. Según los últimos datos de Eurostat, la tasa interanual de la zona euro se situó el pasado mes de febrero en el 5,8%, siete décimas por encima de la subida observada en enero, lo que supone el mayor encarecimiento de los precios en la región del euro de toda la serie histórica. En Estados Unidos, por su parte, la Oficina de Estadísticas Laborales informó de que la inflación subió en enero hasta el 7,5%, medio punto por encima de la de diciembre, la más acusada desde 1982. Y en España ha marcado también el 7,4% en febrero, la tasa más alta de los últimos 33 años.

Hasta ahora, estos datos, pese a romper largas series estadísticas, no habían hecho saltar todas las alarmas. Esto se debía a que algunos de los factores que estaban provocando estos repuntes eran puramente coyunturales (además de que se estaba produciendo lo que los estadísticos denominan ‘efecto base’) y, por lo tanto, hacían pensar a muchos expertos que estos niveles podían ser temporales. Pero este pensamiento ha cambiado de forma radical y este bando de economistas se ha quedado casi desierto, como consecuencia de la guerra.

Se empieza a hablar, incluso, de la posibilidad de que llegue la estanflación, es decir, que llegue un escenario de mayor presión de precios y estancamiento económico o incluso de recesión. “El repunte a corto de las materias primas, sumado a nuevas dislocaciones en el transporte global fruto de dinámicas geopolíticas daría como resultado la materialización de un  prolongamiento de los efectos persistentes en la inflación global, alterando las perspectivas de un pico de inflación a lo largo de 2022 y postergando la previsión de unas tasas de inflación contenidas en la banda de los bancos centrales a medio plazo”, añade Gonzalo de Cadenas-Santiago, director ejecutivo de Mapfre Economics. Funcas, en cuyo panel participa Mapfre Economics, ya calculaba la semana pasada que los precios se podrían disparar en España un 6,5% de media este año, casi dos puntos más que su previsión pre-conflicto, pero los acontecimientos se están desarrollando a tanta velocidad que quizá esta estimación se haya quedado corta. Si se confirman estos pronósticos, la capacidad de compra de los hogares se vería muy perjudicada y, por tanto, restaría fuelle a la recuperación del consumo privado, con una incidencia muy importante en el crecimiento.

Esta inflación, que originalmente nacía de un shock transitorio en los costes energéticos y de transporte, cambia de forma persistente los precios relativos y presiona para que se puedan dar revisiones nominales como los salarios o precios preestablecidos (por ejemplo, los alquileres). Esto provocaría lo que en los círculos de economía se denomina como “efectos de segunda ronda” y que inician ese poco deseado círculo vicioso de la inflación. “Este hecho y otros motivos hacen pensar que nos enfrentamos a una inflación estructuralmente más alta una vez concluya el repunte actual”, explica De Cadenas-Santiago. No obstante, el propio experto cree que, en un entorno de conflicto como el actual, se tomarán medidas desde el punto de vista regulatorio para que esto ocurra.

El Servicio de Estudios añade que , ya antes del estallido de la guerra, los precios de la energía apuntaban a crecer de manera persistente a lo largo del tiempo, ya sea por la transición verde y la internalización de las externalidades productivas o la búsqueda (siempre deficitaria en sus inicios) de nuevas y costosas, al menos a corto plazo, fuentes energéticas. “Esto es especialmente preocupante en Europa, que tiene una fuerte dependencia tanto energética como de materias primas que posibiliten esa alternativa verde (litio, rodio, tierras raras…), dado que se ve encorsetada por la geopolítica en todos sus puntos cardinales y es presa de compromisos a veces difíciles de justificar (nuclear en Alemania)”, añade. A esto se suma el hecho de que encontramos nuevamente los problemas que se derivan de las cadenas de suministro, que se agravan por la crisis de semiconductores y la elevada dependencia de China.

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Pero, ¿por qué los precios de la energía son tan determinantes para determinar la evolución de la inflación? Para calcular el IPC, se hace una selección de productos y servicios que se asemejan al consumo de una familia media. La electricidad tiene un peso en la cesta del IPC próximo al 3% y, sin embargo, se ha disparado de tal manera que prácticamente en 2021 fue la responsable de la mitad de toda la inflación; y eso que los nuevos máximos alcanzados por el gas y el petróleo por el efecto del conflicto geopolítico todavía no se han trasladado. En definitiva, estos precios, que están siendo muy volátiles en los últimos meses, pueden determinar decisiones clave que acaba afectar a los ciudadanos de la siguiente manera. A continuación, se incluye una lista de las consecuencias de la subida del coste de la vida: