
Una de las partes constituyentes de la valoración geriátrica integral es la evaluación de la autonomía para la realización de las actividades básicas de la vida diaria, así como de las instrumentales y las avanzadas, que son más complejas.
Se puede decir que la funcionalidad es la capacidad de realizar movimientos musculares finos o groseros que llevan a cabo acciones que permiten vivir de forma independiente. Son importantes predictores de dependencia, de forma que su déficit lleva implícito la necesidad de terceras personas para el mantenimiento de un correcto estado de salud y bienestar. La capacidad funcional sería el nivel con que un individuo realiza las tareas y actividades de la vida diaria.
Las actividades básicas son aquellas primordiales para el autocuidado y la autonomía del individuo; los componentes valorables de estas acciones son:
La valoración de estas actividades básicas se realiza desde la geriatría mediante diferentes escalas (Barthel, Katz, FIM, etc.) que, al estar estandarizadas, permiten a los profesionales realizar comparaciones entre pacientes y, lo más importante, observar cambios en un mismo individuo a lo largo del tiempo, comprobando deterioro o mejoría tras un tratamiento rehabilitador. Asimismo, ayudan a saber cuánta ayuda y de qué tipo precisará un anciano en concreto, orientando y aprovechando de la mejor manera los recursos sanitarios y sociales.
Las actividades instrumentales son las que permiten a los individuos vivir independientes en sociedad, miden la adaptación al entorno. Están mediatizadas por matices sociales, culturales, con sesgos de oportunidad y motivación; por ejemplo, en la generación de los nacidos en los años 20 del siglo XX, no es marcador de dependencia el que un varón no sepa cocinar ni limpiar la casa, ya que son actividades que nunca han llevado a cabo, o el que una monja que viva en comunidad religiosa no lleve la economía mayor de la casa, ya que ha hecho voto de pobreza y es probable que esta actividad la lleva a cabo la madre superiora de su comunidad.
La utilidad de la valoración funcional, en todos sus ejes, radica en la identificación de áreas de deficiencia, ayuda a establecer pautas de rehabilitación individualizadas, valora la evolución individual a lo largo del tiempo, destaca la eficacia de las diferentes intervenciones, establece pronósticos e identifica poblaciones de riesgo de dependencia, indicando las necesidades y los tipos de atención más adecuados.