El concepto de depresión es bien conocido fuera de la práctica médica. Sin embargo, es necesario puntualizar que los síntomas depresivos presentan una variada constelación de manifestaciones que incluyen síntomas tanto psíquicos como corporales.

Entre los primeros se encuentran síntomas afectivos consistentes en una alteración del humor entendido como alteración del estado de ánimo: es el ánimo depresivo o tristeza vital. Otros síntomas de esta esfera afectan a la pérdida de interés por las cosas así como a la capacidad para disfrutar. Estos constituyen el núcleo central de la depresión y se acompañan de una disminución de la vitalidad, con alteración de la actividad laboral y social del individuo. Además pueden existir otros síntomas como ideas de culpa, autorreproches, pesimismo, desesperanza, dificultad para concentrarse, ideas de suicidio, etc.
Los síntomas corporales o somáticos de la depresión pueden ser muy variados, entre ellos se encuentran las alteraciones del sueño, con insomnio y menos veces somnolencia extrema, la pérdida de peso con falta de apetito, el cansancio o la falta de energía. Pueden existir otras muchas quejas somáticas: gastrointestinales (náuseas, sensación de plenitud gástrica o gases), vértigo, dolor errático, cefalea, sensación de ahogo, etcétera, que en ocasiones son predominantes en la depresión del anciano.
La depresión en el anciano tiene una serie de rasgos que la diferencian de la depresión en otras edades: