
Existen multitud de teorías para explicar cómo y porqué envejecemos y ninguna de ellas explica a la perfección el proceso de envejecer. Las hay que lo explican por los efectos de factores extrínsecos (tabaco, alcohol, tóxicos ambientales, sobrecargas laborales, dieta, sedentarismo) y las hay que lo hacen por estímulos intrínsecos al individuo.
Respecto las teorías intrínsecas, las hay que intentan explicar el envejecimiento como consecuencia de alteraciones “tóxicas” aleatorias que se ocasionan a lo largo del tiempo, y que se acumulan en el organismo; estas son:

Las teorías de predestinación son las que intentan explicar el proceso de envejecer como parte de la evolución y crecimiento de los organismos, ligado principalmente a factores genéticos. Las principales son:
Para todas estas teorías se han hallado evidencias científicas que las respaldan en parte; sin embargo, ninguna de ellas ha demostrado que pueda ser la principal para explicar el envejecimiento. Y lo más importante, a través de ninguna de ellas se ha podido desarrollar ningún tratamiento para disminuir de forma clara y eficaz los efectos del tiempo, ni alargar la longevidad.
De momento, y hasta que no haya más información al respecto, podemos pensar que el envejecimiento se produce por el efecto combinado de las lesiones al organismo y de los mecanismos de defensa, en un individuo con una carga genética determinada. Es decir, todas las teorías tienen su parte de razón, y ninguna de ellas puede explicar en su totalidad el proceso de envejecer.
Teóricamente, la prolongación de la vida tendría un
máximo determinado por la longevidad de cada especie. El
objetivo a buscar sería igualar la expectativa de vida
con la máxima sobrevida. En definitiva, el secreto de
alargar la vida está en el arte de aprender cómo no
acortarla.