
Los finlandeses siempre la han considerado la panacea de la felicidad. Y si por ésta se entiende bienestar físico y psíquico, no andan desencaminados. Desde el momento en que entramos en ella el cuerpo experimenta una serie de reacciones debidas al aumento brusco de la temperatura:

Si nunca lo has probado, es momento de hacerlo, y si ya la conoces, vuelve a disfrutar de sus virtudes. Eso sí, para beneficiarte totalmente de ella, dúchate antes con agua templada, frota la piel con un guante de crin y sécate bien. Y al salir dúchate con agua fría o templada, con el chorro desde las extremidades hacia el centro (corazón). Después, sécate bien y aplícate aceite de almendras para hidratar la piel. Con dos o tres sesiones semanales, notarás los beneficios.
En la sauna, colócate en el banco intermedio o superior, tumbado o sentado con los pies en el asiento para que todo el cuerpo esté a la misma temperatura. Permanece como máximo 15 minutos, aunque lo normal es notar que a los 8-10 el cuerpo ya tenga ganas de refrigerarse. Antes de salir, siéntate con los pies colgando en el banco para que la circulación se adapte a la posición vertical, y de esta forma se eviten mareos y vértigo.
Quienes padecen alguna deficiencia grave del corazón o del sistema circulatorio, como la angina de pecho, no deberían tomarla. Ni es aconsejable que abusen de ella quienes presenten predisposición a tener la tensión alta, los enfermos de arteriosclerosis, y quienes sufren algún tipo de afección pulmonar grave y de origen hepático o nefrítico.
Una de las virtudes más apreciadas de la sauna es que permite descargar la tensión acumulada durante la jornada. Un día, al salir del trabajo, haz la prueba.