
Las rabietas son episodios de fuertes explosiones de genio por parte de los niños pequeños y consisten, generalmente, en la manifestación de diferentes conductas como llorar, gritar, insultar, tirarse al suelo, no hacer caso a ningún tipo de razonamiento, dar patadas o puñetazos, arañar o morder, golpearse la cabeza contra el suelo o la pared, arrojar o romper objetos, entre otras.
Estas conductas se manifiestan habitualmente durante los cuatro primeros años de vida, siendo especialmente significativas alrededor de los dos años. Pero con el tiempo, las rabietas tienden a remitir, de forma que suele ser más difícil que aparezcan a medida que el niño crece.
La frecuencia de las rabietas depende del temperamento del niño y también de la manera en que el adulto las aborde. Si se tratan adecuadamente, éstas irán desapareciendo sin mayor problema, pero si no se enfrentan adecuadamente, las rabietas persistirán incluso en niños mayores de siete años, que las seguirán utilizando para conseguir sus objetivos.
Las rabietas son un fenómeno evolutivo normal. De hecho, su aparición indica un cierto nivel de madurez, independencia e individualidad en el niño, en la medida en que significan que éste quiere empezar a hacer las cosas como y cuando desea y se va sintiendo capaz de poner resistencia a las normas y límites de sus padres. Pero a la vez, es importante ayudar al niño a superarlas ya que la permanencia de las mismas en el tiempo indica la presencia de un comportamiento inmaduro y el uso por parte del niño de un método inadecuado para conseguir lo que se propone, así como para eludir las normas establecidas en su entorno.
La aparición de las rabietas no debe preocupar a los padres y su manifestación no tiene nada que ver con la buena o mala educación que recibe el hijo.
Generalmente, se originan por alguna de estas causas:

A medida que se producen, aumenta también el conocimiento por parte de los padres de los momentos y las situaciones en las que es más probable que ocurran. Por ello, si se presta atención a los desencadenantes habituales, se pueden evitar muchas rabietas.
En los casos en que las rabietas vienen producidas por la frustración del niño al no sentirse capaz de realizar una actividad determinada, puede ser de utilidad enseñarle nuevas formas de afrontar la actividad exitosamente o buscarle otra actividad más sencilla y adecuada a su nivel de desarrollo.
Si las rabietas aparecen por la sobreexcitación o el cansancio, tras haber estado en contacto con juegos muy activos o exigentes, se debe acortar el tiempo destinado a dicha actividad y propiciar otras tareas más relajadas.
Cuando los niños sienten frustración porque no se les deja jugar con objetos o aparatos de la casa que les resultan atractivos, una buena forma de evitarles la rabieta producida por la frustración de no poder manipularlos es colocarlos fuera de su vista.
También pueden prevenirse, sobretodo en los niños más pequeños, si ante los primeros indicios se les distrae o dirige la atención a otro juguete o actividad.
Un buen método para evitar las rabietas es anticiparles lo que van a hacer en las próximas horas. Este hecho hace que estén preparados y perciban que se les tiene en cuenta sin que se encuentren ante una imposición instantánea e inesperada.
Es muy importante tener en cuenta que, si se cede y el niño consigue sus propósitos gracias a las rabietas, éstas se mantendrán en el tiempo e incluso se harán más frecuentes, ya que le habrán resultado de utilidad.
Es esencial restar importancia a las rabietas en cuanto éstas se están produciendo, mostrar cierta indiferencia y no conceder al niño una especial atención cuando manifiesta conductas agresivas. Un buen manejo de la situación es mantener en todo momento una actitud de autoridad, control y serenidad sobre la situación, sin actuar de la misma forma que el menor. Comunicarle al niño que se tratará el tema en cuanto esté tranquilo y en condiciones de abordarlo adecuadamente es un buen camino para llegar a una solución.
Paralelamente, siempre se deben validar las conductas adecuadas y deseables del niño, prestándole una especial atención y reconocimiento en cuánto éstas aparezcan. Estas conductas deben estar relacionadas con la generosidad, el respeto a los demás, el compartir o prestar sus pertenencias y aprender a pedir las cosas de forma adecuada.
En la misma línea, es fundamental estimular progresivamente la tolerancia a la frustración enseñándole a expresar y canalizar adecuadamente sus sentimientos, diferenciando entre deseos y necesidades, entre lo que quiere y lo que puede obtener.
Se deben fijar límites y metas adecuados a su edad, ayudarles a desarrollar nuevas habilidades y valorar el esfuerzo invertido y no solamente el resultado final de una determinada tarea.
En los casos en los que las rabietas aparecen por un insuficiente dominio del lenguaje por parte de niños muy pequeños, los padres deben traducir lo que le pasa al niño, poner palabras a esa actitud y enseñarle a controlarse.
Cuando aparecen en la etapa de afirmación y defensa de su individualidad, se debe dar la oportunidad al niño de explorar, facilitándole nuevos aprendizajes que le ayuden a desarrollar su futura personalidad, evitando las excesivas prohibiciones. A la vez deben ir aprendiendo conductas alternativas a la agresividad.
Si los padres son firmes con los límites y
constantes y coherentes con las consecuencias de los
comportamientos, el niño adquirirá el autocontrol
necesario para alcanzar mejores formas de resolver
los conflictos.