La población anciana ha experimentado un crecimiento importante a lo largo de los últimos años. El propio proceso de envejecer implica un deterioro progresivo natural, tanto físico como psíquico, que afecta al comportamiento alimentario. En esta etapa de la vida las necesidades nutricionales difieren de la población en general, ya que el gasto energético es menor, pero las demandas de ciertos nutrientes aumentan. Estas características peculiares influyen en el estado nutricional del anciano y los resultados de estudios realizados demuestran que de un 15 a 25 % se alimenta de forma insuficiente, mientras que el 20 30% su aporte alimentario es excesivo.
El principal problema, o el más común, que condiciona la alimentación del anciano es la masticación, tanto por falta de dentición como por la sequedad de la boca debida a una falta de saliva. Por ello es fundamental en la alimentación del anciano realizar una dieta de fácil masticación y deglución. En caso de ser imprescindible, puede ser necesario el consumo de algún suplemento (proteico, vitamínico, minerales, ). Pero siempre se debe valorar individualmente.
Las características generales de la dieta del anciano son:
La composición de la dieta entre los principios inmediatos no son distintos de los establecidos para otros grupos de edad: 55-60 % de las calorías totales deben proceder de los hidratos de carbono (pan, arroz, pasta, patata, verdura, hortalizas y fruta), 25-30% de los lípidos y 15-20 % de las proteínas
Los alimentos deben de ser de textura suave facilitando la masticación.
Las comidas no deben ser copiosas ni abundantes. Es preferible menos cantidad más veces al día.
Variedad de alimentos para lograr una alimentación equilibrada.
Dar mucha importancia a los derivados lácteos (leche, quesos, yogures, etc...).
Bajar la administración de azúcar.
Moderar la ingesta de sal (máximo 2 gramos al día).
Mantener los alimentos de origen animal (carnes, pescados, huevo).
Priorizar los alimentos con grasas polinsaturadas como los aceites vegetales (oliva, girasol) y los pescados azules.
Aumentar la ingesta de fibra en forma de cereales integrales, legumbres, fruta y vegetales.
Asegurar un adecuado aporte de líquidos por mayor riesgo a deshidratación, debido a una disminución en la sensación de sed.
Cuidar la presentación del plato y que se ajuste a sus gustos.