La ansiedad es, ante todo, una emoción normal y corriente del ser humano, independientemente de su edad. Desempeña, además, una función adaptativa, permitiéndonos prepararnos o anticiparnos ante un peligro potencial.
Esta función de alerta y defensa es necesaria para
garantizar la supervivencia. Cuando esta emoción es
exagerada en cuanto a su intensidad o duración,
desproporcionada frente a un estímulo o surge en
ausencia del mismo hablamos de ansiedad patológica. Así
pues, el término de ansiedad puede hacer referencia a
una emoción normal del ser humano o a un síntoma dentro
del seno de una enfermedad, ya psiquiátrica, ya médica,
o puede constituir en sí misma una enfermedad.

Los trastornos de ansiedad son, como grupo, las enfermedades mentales más comunes, con una prevalencia alta y cuyos resultados son variables, según los estudios. Los trastornos de ansiedad del anciano en general tienen una prevalencia del 5-10%, siendo los trastornos de ansiedad generalizada y las fobias los más frecuentes.
Varios factores pueden predisponer a las personas mayores a sufrir ansiedad: aislamiento social, descenso de la autonomía, dificultades económicas, declive del estado de salud, la proximidad a la muerte, etc.
Asimismo, en los ancianos suele haber una mayor
comorbilidad con trastornos médicos y psiquiátricos
(como las depresiones), están polimedicados y sufren
cambios psicosociales importantes. Todos estos factores
dificultan tanto el diagnostico como el manejo y la
solución de este tipo de trastornos.
El temor, la inseguridad o la angustia que acarrean un trastorno de ansiedad se manifiestan en los mayores de una manera más inespecífica que en un adulto joven, ya que hay menos presencia de síntomas psicológicos y más de tipo somático. Es frecuente que la persona mayor hable de un malestar general que no responde a un trastorno físico concreto o que tenga una sensación de temor difuso, lo que hace que el diagnóstico sea más complicado.
La ansiedad generalizada de inicio tardío, con debut en las últimas etapas de la vida, es rara y obliga a intentar establecer el diagnóstico de forma exhaustiva. Generalmente, los trastornos de ansiedad se inician en la edad adulta y se arrastran a edades avanzadas.
El trastorno de ansiedad no sólo empeora la calidad de vida de quien lo padece, sino que existe un fuerte riesgo de que se deteriore su estado general y su situación funcional, lo que aumenta el riesgo de discapacidad, muy especialmente en las personas mayores. En ese sentido la angustia provoca que el paciente viva peor el resto de sus enfermedades —si las tiene—, disminuya su predisposición a salir a la calle, aumente el riesgo de caídas y, en conjunto, se limite su autonomía y su estado general.
Es necesario tratar estos trastornos con tratamiento psicológico, si hay disponibilidad de recursos, o mediante fármacos, ya que en términos de efectividad ambos tratamientos son superponibles, aunque la pluripatología y polifarmacia dificultan el tratamiento en este segmento de población.