Como antes definíamos, el insomnio es la incapacidad para dormir bien o tener un sueño adecuado y reparador. De todas las patologías que englobamos en los trastornos del sueño ésta es la más frecuente en la población, siendo los ancianos un grupo demográfico especialmente susceptible.
Para diagnosticar a una persona de insomnio no debemos fijarnos únicamente en el número de horas que ha dormido. Existen estudios basados en encuestas que determinan que muchos de los pacientes que se sienten satisfechos con su sueño duermen menos de 5 horas. El dato que nos debe hacer valorar este diagnóstico es la existencia de efectos durante el día derivados de la deprivación de sueño involuntaria, como pueden ser el cansancio, alteraciones psicológicas o enfermedades físicas.
Otro medio que tenemos a nuestro alcance es realizar un estudio polisomnográfico que consiste en observar el sueño del paciente durante toda la noche. Se colocan electrodos en la cabeza y el cuerpo del individuo que recogen su actividad cerebral, su respiración, los ronquidos, la frecuencia cardiaca, y los movimientos corporales.
Otra medida que puede ser útil es aconsejar al paciente que registre diariamente los hábitos en relación al sueño: hora de acostarse, hora de levantarse, latencia de sueño, duración, número de veces que se despierta por las noches y la duración de esos despertares, si duerme siesta, si toma medicación para dormir y la actividad diurna. Estos datos deben ser recogidos durante al menos una semana. Este registro pondrá de manifiesto si existe correlación entre el estudio polisomnográfico y la sensación subjetiva de sueño del paciente.
Existen así mismo cuestionarios que nos dan una información rápida y concisa del patrón de sueño del paciente y nos orientan hacia el tipo de patología que presenta.
Podemos clasificarlo en:
1. Insomnio en el que el curso del sueño se ve distorsionado, ya sea por una dificultad en su conciliación (insomnio de conciliación), por la aparición de despertares nocturnos frecuentes (insomnio de mantenimiento), o por un despertar precoz (insomnio de fin de noche).
2. Dependiendo de la duración del trastorno podemos diferenciar insomnio agudo o transitorio, si su duración es inferior a una semana, subagudo o de corta duración si los síntomas aparecen durante un periodo mayor de una semana pero menor de 3 meses, y crónico cuando la clínica se extiende durante más de 3 meses.
3. Dependiendo del proceso al que se asocia:
3.1. Asociado al síndrome de piernas inquietas: el paciente involuntariamente durante la noche realiza movimientos de sus extremidades que le impiden conciliar o mantener el sueño.
3.2. Asociado a un trastorno psiquiátrico: tanto la depresión como la ansiedad o trastornos psicóticos son a menudo causa de insomnio.
3.3. Asociado a enfermedad física: como patologías que produzcan dolor que impida el sueño, úlcera, diabetes...
3.4. Asociado a la apnea del sueño.
3.5. Insomnio por alteración del ritmo ciclo-vigilia: aparece sobre todo en pacientes que por motivos laborales tienen que mantener una actividad en las horas en las que fisiológicamente dormimos.
3.6. Asociado al uso de sustancias: el alcohol, cafeína, nicotina...
3.7. Asociado a medicación: medicación antiparkinsoniana, ciertas benzodiacepinas, algunos antidepresivos se asocian en algunos casos a insomnio.
Cerca de un 35% de la población llega a desarrollar insomnio de una forma crónica. En el 80% de los pacientes que en algún momento refieren insomnio la patología persiste durante más de un año y en el 40% más de 5 años.
Las tasas de afectación son mayores en mujeres y aumentan con la edad. Los ancianos son un grupo poblacional más propenso al insomnio por diversos motivos:
Necesidad de orinar: si existe incontinencia urinaria o patología prostática es frecuente que los ancianos tengan que levantarse varias veces al baño fraccionándose así las horas de sueño.
Vida más sedentaria: tras la jubilación y la marcha de los hijos del hogar paterno el anciano pasa de tener una actividad intensa de jornada completa a disponer de mucho tiempo libre lo que supone un importante cambio en el estilo de vida que puede desencadenar alteraciones en el patrón del sueño.
Fragilidad social: si el paciente no tiene buen soporte familiar, pasa mucho tiempo solo y esto deriva en que el acostarse imponga un enfrentamiento diario a esta situación provocando angustia y malestar.
Ronquidos: el ronquido aparece con mayor frecuencia en personas mayores pues presentan un menor tono en la musculatura de las vías respiratorias.
El insomnio favorece la aparición de enfermedades psiquiátricas.
Entre un 30 y un 80% de los pacientes que presentaron insomnio moderado o grave no refieren mejorías significativas con el paso del tiempo. No existen de hecho apenas estudios que valoren la respuesta de los pacientes al tratamiento.
Pueden aparecer cefalea, crisis de angustia, movimientos repetitivos musculares nocturnos, problemas respiratorios, enfermedad por reflujo gastroesofágico, dolor, somnolencia y fatiga, cambios en el estado de ánimo y pérdida de memoria.
Medidas generales: disminuir la ansiedad del paciente generada por la falta de sueño que crearía un círculo siendo ésta a su vez causa de insomnio. Es importante mantener un horario regular para iniciar el sueño así como para despertarse. El ejercicio físico regular y la disminución de ingesta de excitantes favorecen un buen descanso.
Si estas medidas no son suficientes podemos recurrir a la toma de hipnóticos.
Última actualización: del 2006
Ana Isabel Hormigo Sánchez. Médico Residente de Geriatría. H. C. San Carlos. Madrid.