El fracaso escolar
¿Qué entendemos por fracaso escolar?
Hablamos de fracaso escolar cuando el nivel de
rendimiento medio de un niño o adolescente no es el que
le correspondería por su curso escolar y por su edad.
Es un problema que estadísticamente suele
presentarse en mayor proporción en el género masculino,
siendo la edad de mayor incidencia alrededor de los 12 años.
Para entender y abordar el fracaso escolar es importante
no focalizar la atención únicamente en el alumno, siendo
imprescindible ampliar ese foco de atención a otros
agentes o instituciones también responsables, como el
colegio, la familia, el entorno social y el sistema educativo.
Por otra parte, hay que tener en cuenta la connotación
negativa del término “fracaso escolar”, y se debe ser
muy cuidadoso en su uso por el peligro de catalogar a
determinados alumnos, afectando gravemente su autoestima
y confianza y dificultándoles a la vez la posibilidad de
un adecuado desarrollo en su ámbito social y académico.
¿Qué puede provocar un fracaso escolar?
Hay muchos factores que influyen en que pueda generarse
una situación de fracaso escolar. Detectar los que están
influyendo en cada caso concreto será necesario para
intervenir adecuadamente. Entre los más habituales se encuentran:
- La falta de un hábito de estudio al no haber
adquirido, desde el inicio de la escolarización, una
rutina diaria de dedicación a las materias escolares.
- No disponer de eficaces técnicas de estudio.
- Determinados problemas psicológicos como la
ansiedad, los miedos o los síntomas depresivos.
- El trastorno por déficit de atención, con o sin
hiperactividad, por las dificultades para centrar la
atención y la impulsividad que conlleva.
- Problemas de aprendizaje como la dislexia, sobretodo
si no es detectada y tratada a tiempo.
- Los problemas o cambios significativos en la
dinámica familiar en la que está inmerso el niño:
las discusiones frecuentes entre los padres, los
conflictos entre determinados miembros de la
familia, una separación, la muerte o enfermedad
grave de algún familiar, el nacimiento de un hermano
o tener dificultades económicas, entre otras situaciones.
- Determinadas actitudes de los padres o cuidadores
principales frente a los estudios de sus hijos,
exigiéndoles un nivel muy superior a sus
posibilidades o, por el contrario, mostrando un
total desinterés o indiferencia ante su desarrollo escolar.
- Diversas alteraciones o enfermedades en la visión o
la audición, quedando afectados los canales más
habitualmente utilizados para la adquisición de
nuevos conocimientos en el contexto escolar.
- El padecimiento de algunas enfermedades crónicas o genéticas.
- Dificultades en el ámbito educativo como, por
ejemplo, la presencia de profesores sin las
necesarias habilidades o con un inadecuado estilo
docente, problemas de integración del alumno, una
excesiva exigencia por parte del profesorado, el
fomento de una fuerte competitividad o la sobrecarga
de trabajo.
¿Cómo actuar?
Por otra parte, podemos distinguir entre los casos en los
que el fracaso escolar tiene un inicio más o menos
marcado en el tiempo, como por ejemplo, tras el
fallecimiento de un familiar o la separación de los
padres, de aquellos casos en los que el fracaso se ha
presentado desde el inicio de la vida escolar del niño.
Ante todo, es importante hacer una valoración de cada
caso en concreto, evaluando las capacidades y
habilidades del alumno y los posibles problemas
psicológicos y emocionales, detectando a la vez las
dificultades que puedan existir en el entorno familiar,
escolar y social. El abordaje será muy distinto en cada
caso, en función de los factores que lo estén
propiciando, pero hay unas indicaciones generales que
pueden tenerse en cuenta a modo de prevención del
fracaso escolar o como tratamiento complementario,
independientemente del procedimiento específico que
requiera cada caso en concreto por parte de psicólogos,
psicopedagogos, etc. Estas medidas a tener en cuenta son:
- Instaurar desde pequeños el hábito de estudio.
Acostumbrarles a tener un horario establecido,
distribuyendo el tiempo entre las diferentes
materias según el nivel de dificultad y la
extensión, reservando espacios de descanso.
- Disponer de un lugar de estudio adecuado, amplio,
correctamente iluminado, con suficiente silencio,
evitando distracciones y teniendo todo el material
necesario a mano.
- Aprender técnicas de estudio útiles y eficaces que
faciliten la confianza del niño en sus capacidades:
hacer resúmenes, esquemas, subrayar los textos,
aprender a detectar las ideas principales, repasar,
etc. Asimismo, debe adquirir también técnicas de
concentración y memorización.
- Una actitud paciente y confiada por parte de los
padres es importante para que el niño obtenga
seguridad, dándole tiempo para la adquisición del
hábito y de las técnicas de estudio. Al principio
puede ser beneficioso mostrarse accesibles y
pendientes de su evolución, pero poco a poco se debe
ir delegando la responsabilidad al niño.
- Detectar si los objetivos propuestos son demasiado
exigentes. Es mejor que se propongan pequeños
objetivos, acordes con la capacidad del niño y que
éste pueda cumplirlos, ya que el cumplimiento de los
mismos le generará satisfacción y le motivará a
seguir avanzando. La exigencia puede aumentarse
gradualmente a medida que el niño mejora.
- Motivar, mostrarle confianza en sus capacidades y
elogiarle los pequeños avances conseguidos.
- Buscar colaboración y coordinación con el colegio,
informando a los profesores del rendimiento en casa
y solicitando a la vez información sobre su
evolución en el aula.
- Mostrarle afecto y hacerle sentir querido por sí
mismo y no en función de sus logros académicos. No
hacer uso de críticas personales, sino, en caso
necesario, de la actividad realizada. Evitar las
comparaciones entre hermanos o compañeros.
- Fomentar en casa el interés por temas novedosos, por
descubrir, conocer, investigar, etc. Propiciar
conversaciones sobre diferentes temas y facilitarle
experiencias mediante las que pueda complementar sus
conocimientos y contrastarlos (museos, salidas al
campo, bibliotecas, actividades de ocio,…). Reservar
tiempo para el juego y la diversión.
- Ante un mal resultado puntual, hay que ayudarle a no
desanimarse, a manejar la frustración buscando
nuevas técnicas de estudio o soluciones. Se debe
tener en cuenta que si se le da una excesiva
importancia a esta situación o se le califica de mal
estudiante, puede ser contraproducente, causando una
actitud en el niño contraria a los objetivos
deseados por los padres.
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Elena Mató
Especialista en Psicología Clínica
Psicólogo consultor de Advance Medical