La diabetes mellitus es un grupo heterogéneo de enfermedades que tienen en común de azúcar en sangre (hiperglucemia) de forma mantenida.

En el páncreas hay un tipo de células, las células beta, que fabrican la hormona llamada insulina. En condiciones normales, las células beta fabrican y vierten a la sangre insulina de forma continuada para que las cifras de azúcar en sangre no oscilen y se mantengan dentro de unos límites. La insulina hace que el azúcar pueda entrar en todos los tejidos del organismo.
En situaciones en las que aumenta la cantidad de azúcar en sangre, por ejemplo, si nos tomamos un helado, las células beta secretan una mayor cantidad de insulina para hacer frente a esa subida de azúcar; la mayor cantidad de insulina hace que el azúcar pueda ser captado por los tejidos y así se normalice el azúcar en sangre. De igual forma, si hacemos una actividad física, por ejemplo, media hora de natación, las células beta disminuyen la fabricación y liberación de insulina dado que con el ejercicio físico los tejidos cogen más fácilmente el azúcar y así necesitaremos menos cantidad de insulina para tener las cifras de azúcar en valores normales.
Es muy importante tener el azúcar en sangre dentro de
estos límites de “normalidad”. Valores de azúcar muy
bajos (hipoglucemia) hacen que nuestro cerebro no tenga
alimento para funcionar; y de igual forma, valores muy
altos (hiperglucemia) hacen que el cerebro no funcione
correctamente por excesiva saturación de azúcar. La
normalidad del azúcar en sangre se ha establecido en
valores de 70-110 mg/dl (= 3'9-6'1 mmol/L).
Hay dos
grandes tipos de diabetes dependiendo de cómo se produce
la hiperglucemia: por deficiencia de la fabricación de
insulina o por dificultad de la utilización del azúcar
por los tejidos o por ambas.
Además, existen otras formas menos frecuentes de diabetes:
Antes de la instauración de la diabetes como tal,
es decir, antes de que aparezca la hiperglucemia con sus
síntomas típicos (ver después), la enfermedad pasa por
una fase de leves alteraciones del azúcar en sangre y
pocos o nulos síntomas debidos al aumento del azúcar. En
la diabetes tipo 1 esta fase acostumbra a ser muy breve,
de manera que rápidamente la hiperglucemia produce
síntomas y se hace el diagnóstico. En la diabetes tipo 2
suelen pasar varios años antes de que los síntomas
lleven a su sospecha y a su diagnóstico.
Si pudiésemos ver al individuo con diabetes tipo 2 antes de que la diabetes esté instaurada, observaríamos que hay una primera fase en que las cifras de azúcar están sólo ligeramente por encima del valor normal en el análisis de sangre; hablamos de un trastorno de la glucosa en ayunas. Si a ese individuo le sometemos a una prueba de sobrecarga de azúcar (administramos 75 g de glucosa por vía oral y determinamos el nivel de azúcar en sangre 2 horas después) en este momento aún sería normal. Más adelante, la prueba de sobrecarga de azúcar saldría alterada, pero el paciente no tendría síntomas o éstos serían muy leves o poco marcados; hablamos de alteración de la tolerancia a la glucosa. Estos estados los podríamos definir como de prediabetes. En una fase posterior aparecen los síntomas debidos a la hiperglucemia mantenida y, si se hace un análisis de sangre, el azúcar está persistentemente alto (no necesariamente muy alto); llegamos a la fase de diabetes manifiesta.
Es importante detectar estos pacientes con alteraciones
del azúcar pero aún sin el diagnóstico de diabetes
porque presentarán, con mayor frecuencia que la
población general, las complicaciones que se ven en la
diabetes: hipertensión, alteraciones de las grasas de la
sangre, mayor tendencia a la trombosis y, especialmente,
enfermedad cardiovascular y muerte por ella. Un
porcentaje de estos individuos prediabéticos evolucionan
hacia una diabetes clínica en los 10-15 años siguientes,
pero otra parte no progresan hacia la diabetes o incluso
revierten a la normalidad, especialmente si adelgazan y
mejoran su estilo de vida (principalmente en lo que se
refiere a alimentación y actividad física).
La
diabetes mellitus afecta a un gran número de personas en
todo el mundo. Aproximadamente un 3-6% de la población
española es diabética. La más frecuente es la diabetes
mellitus tipo 2.
En ambos tipos de diabetes (tipo 1 y tipo 2) existe una
predisposición genética a presentar la enfermedad, a lo
que hay que sumar factores ambientales para que se
presente la enfermedad. En la diabetes mellitus tipo 1
se encuentra, en la mayoría de los casos, la presencia
de unos anticuerpos en sangre que van dirigidos
selectivamente contra las células beta del páncreas;
estos anticuerpos se llaman ICA. Se piensa que, en
personas con cierta predisposición genética, la
aparición de un factor ambiental como, por ejemplo, una
infección vírica, activaría la producción de estos
anticuerpos. En poco tiempo estos anticuerpos van a
destruir las células beta y, con ello, van a
desencadenar la aparición de la hiperglucemia y los
síntomas asociados, es decir, la diabetes y la necesidad
inmediata del tratamiento con insulina.
En la
diabetes mellitus tipo 2, la predisposición genética es
el principal factor relacionado con su aparición. Sobre
este fuerte componentes genético, hay factores
ambientales (como la obesidad, la mala alimentación y la
falta de actividad física) que facilitan la aparición de
la enfermedad. Lo primero que aparece es la resistencia
de los tejidos (hígado, músculo y tejido graso) a la
acción de la insulina: aunque hay insulina, ésta no
consigue normalizar las cifras de azúcar en sangre. En
consecuencia, las células beta del páncreas sintetizan y
liberan a sangre mayor cantidad de insulina, lo que
inicialmente consigue normalizar el azúcar. Con el paso
del tiempo (años) las células beta acaban por ser
incapaces de hacer frente a esta “insulinorresistencia”
de los tejidos. Cuando ello ocurre aparecen los síntomas
claros de diabetes.
Como hemos visto, la insulina tiene un efecto clave en el
metabolismo de los hidratos de carbono; su ausencia
produce aumento del azúcar en sangre. Pero la insulina
también controla el metabolismo de las grasas y de las
proteínas. El déficit de insulina se acompañará de
aumento de triglicéridos y descenso del colesterol de
las HDL.