En los ancianos hay una disminución de las necesidades energéticas. Se calcula que éstas disminuyen un 10% cada década a partir de los 60 años, pero en general no hay demasiadas diferencias respecto a los adultos más jóvenes en cuanto a las necesidades de nutrientes.

En las personas mayores se presentan ciertos cambios biológicos, psicológicos y sociales que interfieren en el proceso de alimentación y obtención de los nutrientes. Se pueden resumir de la siguiente manera:

Si por uno o más de estos factores se produce un desequilibrio y/o déficit en el aporte y la disponibilidad de los nutrientes, se presenta un cuadro de desnutrición. Se calcula que ésta se da en el 5% de los ancianos que viven en su domicilio, entre el 17 y el 44% de los ingresados en unidades hospitalarias de patología aguda y entre el 50 y el 80% de los mayores institucionalizados en residencias.
Esta desnutrición puede ser por falta del mínimo de calorías preciso (energética), por menor ingesta de proteínas o por menor aporte de macro o micronutrientes (hierro, calcio, vitaminas, etc.). Dependiendo del elemento que sea deficitario, variarán las consecuencias de dicha carencia.
En líneas generales se presenta perdida de peso a expensas de masa muscular, alteración de la función inmunológica, perdida de masa ósea, dificultades en las funciones de reparación (por ejemplo, de heridas y llagas), deshidratación, problemas en las funciones renal, hepática y cardíaca, e incluso en las funciones mentales superiores. En definitiva, hay un aumento de la fragilidad del anciano, que empeora el pronóstico y evolución de enfermedades crónicas, y aumenta el riesgo de complicaciones, ingresos hospitalarios o en centros residenciales, aumenta la posibilidad de dependencia de terceros y aumenta la mortalidad en general.
Por todas estas consecuencias es muy importante que las
personas mayores, sus cuidadores y su entorno se
aseguren de una correcta ingesta de agua y nutrientes,
teniendo en cuenta las necesidades especiales e
individuales de cada paciente.