Comienza a mostrarse con fuerza la autonomía del lactante, a veces, en franca confrontación con los deseos de los padres. Esto deriva en las primeras rabietas, problemas en la alimentación (puede llevar a una ganancia de peso inferior a la normal), despertares y lloros nocturnos tras meses de sueño nocturno sin problemas, etc... Los padres no deben pensar que su hijo está sufriendo una regresión en su desarrollo, sino todo lo contrario: Esta conducta es fruto del progreso en su maduración. El problema es que esta etapa "rebelde" choca con las normas que los padres creían totalmente instauradas.
Muchos lactantes, incluso los más apacibles, se muestran llorosos y atemorizados ante los extraños: son capaces de diferenciarlos de los conocidos, a los que se aferran, asustados por una posible separación. La reaparición de los despertares nocturnos se acompaña, a veces, de llanto y gritos, que cesan al acudir los padres, como si lo único que quisieran es cerciorarse de que los padres están cerca. A veces, tras despertarse, sólo gritan si oyen ruido, para llamar la atención, y si la casa está sosegada, se quedan despiertos jugando solos.
En la alimentación pueden mostrarse caprichosos y pueden querer ser autosuficientes. Rechazan que se les dé la comida, volviendo la cara cuando se les acerca la cuchara. Intentan comer ellos solos con la cuchara o tomando los alimentos con los dedos.
Por otro lado, su comunicación se perfecciona, tanto la no verbal, como la recién estrenada verbal. Expresan multitud de emociones con sus gestos y ruídos. Intentan compartir sus emociones: enseñan excitados aquello que les gusta a los más allegados, para que disfruten con ellos.
Entre los 8 y los 10 meses, balbucean usando asociaciones de múltiples sílabas y varían la entonación del "discurso" a semejanza de las inflexiones de su idioma nativo. Pronto dirán las primeras palabras con sentido.
Última actualización: del 2006
Marta Bueno Barriocanal.