Resulta crucial el vínculo padres-hijo que se establece, poco a poco, en las primeras semanas de vida. Se debe lograr una conexión especial entre los padres y el lactante que derive en sensación de seguridad y relajación en el bebé, cuando los progenitores están cerca, y, secundaria a ésta, una percepción, por parte de los padres, de eficacia y adecuación como cuidadores.
Para alcanzar todo esto, los progenitores deben atender las necesidades de su hijo, pero marcando unas pautas a las que tenga que adaptarse el bebé, sin que éstas le resulten contraproducentes.
En los primeros 2 meses de vida, lo que mejor ilustra la relación paterno-filial es la pauta de alimentación. Cuando el niño tiene hambre experimenta gran tensión que desaparece al ofrecérsele comida. Actualmente se apuesta por la alimentación "a demanda" (el bebé es quien decide cuándo come, avisando de su hambre mediante el llanto). Se puede variar levemente hasta conseguir horarios fijos de alimentación, más adecuados para los padres y, principalmente, para el lactante (ej: en niños que en los primeros días pidan mamar cada 1-2 horas, intentar espaciar las tomas cada 3 horas, para que la madre pueda descansar y recuperarse mejor del parto y que sus mamas se "rellenen" completamente de leche para la siguiente toma). Esto no significa imponer al lactante unos horarios artificiales que, siendo los más convenientes para los padres, ignoren las necesidades del bebé (no se puede prescindir de la/s toma/s nocturnas en las 2-3 primeras semanas de vida, porque el bebé lo viviría como una situación de estrés no resuelta por sus padres y, por supuesto, sería perjudicial para su salud). Al no saciar su hambre en el momento pertinente, el bebé no asocia la alimentación a una maniobra agradable de disminución de tensión, por parte de sus progenitores. Estos niños suelen ser más irritables, más inestables (con mayor frecuencia presentan regurgitación, diarrea, escasa ganancia de peso) y presentan, más a menudo, trastornos de la conducta. Lo normal es que, a las pocas semanas del parto (generalmente al mes), se consiga un patrón de comidas que permita a la familia volver al horario habitual.
El llanto del bebé es una vía fundamental de éste para comunicarse con el exterior. Un bebé llora por muchas razones: hambre, necesidad de que le cambien el pañal, enfermedad, simple apetencia de estar en brazos, intento de llamar la atención, etc... Si al tomarlos en brazos, cesan inmediatamente en su llanto, simplemente requerían atención, no hay que darles una toma. Si continúa el llanto, se debe examinar el pañal, quizá sea el cambio a uno limpio lo que está demandando el lactante. Si, aún así, no se calman en un tiempo prudencial, ha de tenerse en cuenta que algo les está alterando: "gases retenidos", exceso de ropa o, incluso, enfermedad. En cualquier caso, no se debe alimentar a un niño con frecuentes cantidades de comida, ni cogerlo en brazos y darle una toma, sistemáticamente, cada vez que llora (evitaremos pautas erróneas en el futuro: comer sin tragar, comer con demasiada frecuencia,...)
El llanto alcanza un máximo hacia la 6ª semana de vida: un lactante sano puede llegar a llorar hasta 3 horas al día; a los 3 meses la duración del llanto suele reducirse a 1 hora o menos.
Otro elemento esencial de la conducta del lactante de corta edad, es el sueño. Cuanto más maduro es neurologicamente y más es estimulado el lactante durante el día, más logra concentrar el sueño (duerme mayores períodos de tiempo sin despertar), principalmente por la noche.
Última actualización: del 2006
Marta Bueno Barriocanal.