Se denomina cuidador a la persona que asume la responsabilidad total en la atención y el apoyo diario a una persona dependiente para las actividades básicas de la vida diaria (como un anciano o un paciente). Los ejemplos más habituales son los cuidadores de ancianos con enfermedades como la demencia senil o la enfermedad de Alzheimer. Sin embargo, también existen cuidadores para otro tipo de pacientes más jóvenes, con enfermedades crónicas que les producen gran invalidez y dependencia y que precisan un apoyo y cuidado diario.
El perfil típico del cuidador responde a mujeres de
mediana edad (50-60 años) y que son esposas o hijas del
paciente. No hay olvidar que a veces, mujeres de edad
avanzada (>75 años) cuidan a sus cónyuges con el
consiguiente sobreesfuerzo y morbilidad que acompaña a
esas edades.
Por otro lado hay que tener en cuenta
que en muchos casos, los cuidadores están en una etapa
en la que ya no tienen que ocuparse de sus hijos y no
pueden disponer de su tiempo libre recuperado y
disfrutar de su madurez por la obligación de cuidar a
terceros lo que puede aumentar la situación de estrés y
sobrecarga del cuidador que explicaremos más adelante.

Aunque el cuidado de un familiar o un conocido puede ser muy gratificante, es cierto, que supone una situación de exceso de trabajo y de pérdida de autonomía para el cuidador que puede ocasionarle tensiones, frustraciones, abatimiento y dificultades en diferentes ámbitos de su vida diaria.
Se ha descrito el denominado “síndrome del cuidador” que se caracteriza por la aparición de una serie de problemas a nivel físico, psíquico y en el ámbito familiar generados por la responsabilidad total en la atención y el apoyo diario del paciente por parte del cuidador. Así la carga a la cual se ve sometida el cuidador puede manifestarse en forma de problemas de salud que generalmente percibe y detecta el médico de familia o atención primaria.
Es frecuente que el cuidador relegue su vida personal, su bienestar físico y mental a un segundo plano. Cuando esto ocurre el cuidador dejará de desempeñar su labor de cuidador de forma eficaz y acabará viéndose superado por la situación. La mejor manera de detectarlo es cuando aparecen determinados signos de alarma, que le han de hacer reflexionar, como problemas de sueño, cansancio crónico, alteraciones del apetito, los problemas físicos descritos anteriormente, desinterés, aislamiento, irritabilidad, consumo excesivo de bebidas con cafeína o energéticas, desánimo, labilidad emocional, etc.
El primer paso a tener en cuenta es que el cuidador debe tomar conciencia de que sólo podrá desempeñar satisfactoriamente su labor si ellos mismos se cuidan. Es muy importante que el cuidador atienda a sus propias necesidades y se cuide a sí mismo. Se ha visto que los cuidadores que afrontan el cuidado con más éxito son aquellos que asumen la necesidad de cuidarse más y aceptan el hecho de que el cuidado propio es imprescindible.
Algunos consejos pueden ser útiles para mejorar la calidad de vida del cuidador.
El compartir la carga del cuidado con otra persona facilita llevar a la práctica estos consejos. En ocasiones esto no es suficiente o no es factible y resulta necesario recurrir a profesionales (médicos, asistente social, psicólogos, enfermería), instituciones (centros de servicios sociales de la comunidad autónoma, ayuntamientos, residencias, centros de día) o asociaciones de ayuda (Voluntariado, Asociaciones de Familiares, etc). En estas entidades se puede encontrar ayuda e información sobre los recursos disponibles de gran utilidad.