
La existencia de diferencias entre los miembros de
una pareja es un hecho normal e inevitable si se tiene
en cuenta que cada miembro procede de una familia y de
un contexto sociocultural diferente, con unas costumbres
y creencias propias y unas experiencias personales
previas. Todo ello hace que al inicio de la relación
cada miembro se integre con unas ideas, creencias y
expectativas muchas veces divergentes sobre cómo debería
ser la misma.
Ante estos dos mundos tan habitualmente distintos, el
conflicto aparece cuando uno o ambos miembros intenta
cambiar al otro para asemejarlo a él. Así, uno de los
errores más frecuentes es el de tratar de imponer la
propia visión o considerar lo propio como ‘lo normal'.
Para prevenir esta situación es necesario estar abiertos
a establecer una buena comunicación, poder tomar
innumerables decisiones y realizar ajustes hasta
conseguir un cómodo acoplamiento en la pareja, es decir,
un modelo propio en la construcción del cual ambos hayan
podido colaborar.
Sin embargo, llegar a ese punto
de ajuste inicial tampoco garantiza el final de las
diferencias ni de los potenciales conflictos, ya que una
relación de pareja es algo dinámico, en constante cambio
y evolución y por lo tanto en constante necesidad de
realizar nuevos pactos, compromisos y negociaciones
entre los miembros.
Aunque de entrada todos los aspectos de una relación de pareja son susceptibles de conflicto, éstos suelen ser más frecuentes e intensificarse en las etapas de cambios significativos en la relación, como pueden ser el inicio de la convivencia, la llegada de los hijos o determinados momentos de dificultades vitales: duelos, enfermedades, cambios de domicilio, jubilaciones, despidos laborales, largas ausencias por parte de algún miembro de la pareja, etc.
Algunos de los motivos de conflicto más habituales en una relación de pareja se deben a:
Ante todas estas situaciones resulta de utilidad: