
El castigo no es tema gusto para nadie: ni para los
padres ni para los hijos. Creo que es mejor hablar de
“poner límites”. Los límites y las normas son necesarios
para el buen funcionamiento de la familia. Los límites
deben ser claros, coherentes y firmes habiendo
coherencia entre los padres.
La aceptación y
comprensión de las normas por parte de los más pequeños
los hace personas más sociables; por lo tanto, los
límites forman parte importante del proceso educativo.
La adquisición de normas y la reconducción de la
conducta en el niño deben hacerse siempre desde el
cariño.
Educar y cuidar de los hijos es la función
principal de los padres, siempre, claro está, desde el
amor. La educación tiene como finalidad formar una
persona autónoma, crítica y sociable que desarrolle sus
capacidades, sepa vivir en sociedad y sea feliz y capaz
de dar felicidad a los demás.
Como es bien sabido por todos: “la violencia genera violencia”. Con esto no quiero decir que a los niños se les deba pasar todo, sino que debemos reconducir su conducta sin utilizar métodos violentos. Si el niño vive sumergido en un ambiente familiar donde todo se resuelve o se impone de manera agresiva: gritos, insultos, bofetadas… adquirirá este modelo y esta manera de actuar para resolver las situaciones conflictivas que se irá encontrando en su vida cotidiana. Cuando la agresión se convierte en algo constante en las relaciones familiares se generan sentimientos de ira en el niño, éste reprime la conducta delante del que le castiga pero no puede controlar su agresividad en otras situaciones.
No debemos gritarles para decir que no griten. Por lo tanto, la violencia física o verbal no es el camino más adecuado para reconducir la conducta del niño. El castigo físico no permite el razonamiento ni el diálogo entre padres e hijos, no le enseña al niño a ser crítico, ni independiente ni autónomo; tan sólo le transmite que las cosas se deben hacer por temor a que le peguen, por obediencia ciega y sumisión absoluta.
El castigo físico denota poco autocontrol por parte de los padres. Los padres liberan la tensión pero demuestra delante del hijo su falta de control para enseñarle a comportarse de manera adecuada con otras estrategias más positivas. La violencia física genera sentimientos negativos en el niño: ira, venganza, frustración e impotencia. Además no enseña conductas o recursos alternativos al niño; la bofetada le ordena al niño que deje de hacer lo que estaba haciendo, por ejemplo, gritar, pero no le enseña a estar atento, pedir perdón o arreglar las cosas.
El castigo puede ser necesario en algún momento pero debe
ser utilizado de una manera racional y para cambiar la
conducta del niño. No se debe aplicar con gritos e
insultos, ni humillando al niño, porque esto manifiesta
un comportamiento vengativo y negativo por parte del
adulto que puede ser copiado por el niño; la finalidad
del castigo es hacer reflexionar al niño sobre lo que ha
hecho mal y mejorar su conducta.
El castigo debe
ser empleado para mejorar la conducta del niño. Los
padres no deben aplicar más o menos castigos en función
de lo cansados que estén o del nivel de tolerancia y
paciencia que se tenga ese día.
Antes de aplicar un castigo el niño debe estar informado claramente de cuáles son las consecuencias de una mala conducta (por ejemplo: “si tiras juguetes por el balcón te apago la tele”). Si el niño sobrepasa el límite verbalizado por sus padres, el castigo o la supresión de uno de los privilegios del día (retirar los juguetes hasta que el niño se calme, ponerlo en un rincón de pensar hasta que deje de gritar, no jugar con sus hermanos hasta que deje de pegar…) debe realizarse inmediatamente y sin demora. Cuando el niño reflexione sobre lo que ha sucedido y cambie su conducta, siempre se le debe reconocer y felicitar para reforzar las conductas positivas.
No se deben imponer castigos eternos o que se demoren en
algunos días. Por ejemplo no sirve de nada decirle al
niño que se va a quedar una semana sin ir al parque o
que le vamos a tirar todos los juguetes a la
basura.
Lo que tampoco vale es estar amenazando
todo el día o bien, no cumplir las amenazas que se
verbalicen al niño. Con esto, los padres pierden toda la
credibilidad.
Siempre hay que darle al niño la
posibilidad que arregle las cosas: que pida perdón o
cambie de actitud. Si esto ocurre se debe felicitar al
niño y manifestarle lo bien que lo ha hecho.

Las familias deben dialogar siempre, padres e hijos deben hablar y ser escuchados. Este es un ejercicio que se debe practicar desde que los niños son pequeños, sino, ¿cómo pretenderemos que en la adolescencia hablen con nosotros si no hemos dialogado nunca con ellos? Las bases del diálogo las podemos resumir en:
La obediencia es una actitud de responsabilidad donde el
niño colabora y comprende las normas o reglas que debe
cumplir para una convivencia feliz.
La obediencia
en el niño hay que trabajarla mediante el autocontrol y
la enseñanza de recursos para regular la conducta. El
niño aprende a ser obediente porque agrada al adulto,
porque le satisface serlo y porque se le ha explicado el
por qué de las cosas. Una de las cosas que más ayuda a
fomentar la obediencia es en decir de forma clara y
sencilla cuáles son las obligaciones y deberes del niño,
tener unas normas claras en casa y felicitar al niño
siempre que obedezca o haga lo que tenga que hacer.