
Las personas mayores también padecen cambios en la anatomía y en la función del aparato respiratorio que tienen grandes implicaciones en el estado de los ancianos.
El aparato respiratorio está compuesto de dos partes principales:
Los cambios debidos al paso del tiempo en el sistema respiratorio son precoces, más aún que los que ocurren en el aparato cardiovascular. Hay una disminución de la elasticidad de los bronquios, así como una disminución de la movilidad del tórax por las alteraciones esqueléticas y musculares; esto hace que el volumen de aire movilizado por respiración sea menor.
También hay un aumento del tejido fibroso entre los alveolos, lo que dificulta el paso del oxigeno a la sangre y del dióxido de carbono al aire espirado.
Asimismo, se producen cambios en el sistema de defensa, con una disminución de los cilios en el árbol bronquial (las “escobas” que intentan expulsar las partículas de suciedad que contiene el aire) y un aumento de la producción de moco, lo que puede llegar a obstruir el paso del aire hacia los alveolos.
Por todo esto se observa que la función respiratoria de las personas mayores, aún sin ser patológica, es diferente de la de los jóvenes. El volumen de aire movilizado es menor y el intercambio de gases es menos eficiente; esto conlleva una menor resistencia y capacidad de adaptación al ejercicio y una menor reserva funcional para recuperarse tras su práctica. Por otro lado, las personas mayores son más proclives a padecer infecciones tanto bacterianas como víricas.
Todos estos cambios son independientes de los hábitos de
vida que se lleven, pero es evidente que la exposición
al tabaco, la polución y otros tóxicos presentes en el
aire, así como enfermedades que puedan padecerse,
empeoran y aceleran dichos cambios.