
El sedentarismo, la inactividad física y la obesidad se asocian a una mayor mortalidad y a diferentes enfermedades cardiovasculares, hipertensión arterial, diabetes y osteoporosis. La inactividad física, por motivos diversos, es un mal endémico en los ancianos: un 52% de los mayores de 65 años declaran pasar la mayor parte de su jornada sentados.
Se aconseja la práctica regular de ejercicio físico en mayores de 65 años, dado que esto conlleva efectos beneficiosos sobre la diabetes, la hipertensión, las caídas, el nivel de independencia, la osteoporosis, los niveles de colesterol y la enfermedad coronaria, entre otras patologías.
Gran parte de la decadencia que se observa en personas de edad avanzada puede ser atribuido en gran medida a la falta casi absoluta de ejercicio, pues en el cuerpo desprovisto del movimiento que necesita para estar en forma, se atrofia los músculos y se anquilosan las articulaciones impidiendo su normal funcionamiento.
En la mayoría de los tratados de educación física se pone como ejemplo para ilustrar la inactividad del organismo el caso del brazo o la pierna escayolada por efecto de alguna rotura, que tras cinco o seis semanas de absoluto reposo ha perdido casi toda su fuerza y la musculatura se halla debilitada en extremo. La inactividad es algo completamente antinatural para el organismo y su consecuencia es el deterioro corporal. Además, el sedentarismo favorece la soledad del anciano, mientras que el ejercicio físico favorece la socialización.

Los ejercicios físicos que con mayor indicación se recomiendan para los pacientes ancianos son:
Cualquier edad es buena para realizar ejercicio físico, siempre que éste sea adecuado para la edad del que lo practica. El ejercicio moderado o de baja intensidad es una fuente de salud y juventud que retrasa el proceso de envejecimiento e incluso puede invertirlo si paralelamente se lleva un modo de vida que incluya una alimentación suficientemente equilibrada, con total ausencia de tabaco y sin exceso de alcohol.