Seguridad y Medio Ambiente FUNDACIÓN MAPFRE

Especial Medio Ambiente 2009

1.3 Opinión RAMON FOLCH. Doctor en Biología y socioecólogoTIEMPO DE ACTUAR

El campo de actuación de Ramón Folch es la investigación y la gestión territorial y urbanística desde una aproximación sostenibilista, enfoque que él mismo ha contribuido a definir y desarrollar. Desde 1994 dirige su propio estudio profesional, ERF, Gestión y Comunicación Ambiental. Ha sido presidente del Consejo Social de la Universidad Politécnica de Cataluña, secretario general del Consejo Asesor Internacional del Foro Latinoamericano de Ciencias Ambientales y profesor de la Cátedra UNESCO/FLACAM para el Desarrollo Sostenible. Es también miembro del Capítulo Español del Club de Roma y miembro numerario de Ecología Vegetal del Instituto de Estudios Catalanes.

«La crisis bursátil es una discreta cuestión económica, un considerable problema financiero y un muy serio trastorno ambiental»

El difícilmente contestable cambio climático en curso es una discreta cuestión ecológica, un considerable problema ambiental y un muy serio trastorno socioeconómico. Discreta cuestión ecológica porque apenas altera el funcionamiento de la biosfera; considerable problema ambiental porque modifica el medio ambiente tal y como nos conviene que siga siendo; y muy serio trastorno socioeconómico porque disloca la matriz en que se desenvuelve la actividad productiva y el imaginario común. Se comprendería, por tanto, que trajera sin cuidado a los ecólogos, que inquietara a los ambientalistas y que preocupara hasta lo indecible a sociólogos, economistas y gestores de la cosa pública. Sorprendentemente ocurre a la inversa. ¿Por qué?

La crisis bursátil que ha sacudido al mundo es una discreta cuestión económica, un considerable problema financiero y un muy serio trastorno ambiental. Es una discreta cuestión económica porque el sistema productivo propiamente dicho no se ha visto apenas alterado. Es un considerable problema financiero porque ha resquebrajado el mercado de valores y comprometido la liquidez de muchos agentes económicos. Y es un muy serio trastorno ambiental porque ha borrado momentáneamente del mapa la preocupación por el cambio climático, la inquietud por los problemas socioecológicos y la, hasta ahora, creciente emergencia de posiciones sostenibilistas. Se comprendería, pues, que trajera sin cuidado a los economistas, que inquietara a los políticos y que preocupara hasta lo indecible a los ecólogos y a los ambientalistas. Pero de modo igualmente sorprendente, ocurre a la inversa. ¿Por qué?

El ambiente es la matriz en que ocurre todo. Sus disfunciones delatan mal funcionamiento del sistema productivo o de las actividades humanas, de la misma manera que las alteraciones en la composición de la sangre ponen de manifiesto disfunciones fisiológicas o patologías alóctonas. Cuando el médico prescribe un análisis de sangre no desea saber el estado del tejido sanguíneo, sino el del paciente. De modo semejante, el deterioro ambiental ya nos anunciaba el deterioro socioeconómico, del que emanaba y sigue emanando. La crisis económica de la construcción ya estaba prefigurada en la mala calidad ambiental del urbanismo. El disloque en los mercados de futuros ya subyacía en el derroche energético que hace de la ineficiencia un negocio, en lugar de una insolvencia punible.

Así pues, el objetivo no es reservar antrópicamente el ambiente –tarea vana y pretenciosa–, sino acomodar prudentemente en él nuestras actividades y formas de vida. Los fundamentalismos de uno u otro signo parecen ignorarlo. Reiteran sus prejuicios, y observan sesgada y unidireccionalmente con pretensión de globalidad. Consideran la realidad como algo preestablecido y compilado, situado en alguna más o menos revelada de la que basta ser celador o, a lo sumo, exégeta. Consideran sólo los hechos que les conviene, y los miran siempre del mismo modo. Recorren tautológicamente los mismos espacios mentales una y otra vez, hasta hacer de la cacofonía intelectual pretendida coherencia. Pero no son coherentes, son redundantes. Las ideas sostenibilistas, pues, nacen en un momento perceptivo confuso. En cualquier caso, se haya llegado al sostenibilismo a través de la reflexión ambientalista, de las consideraciones socioecológicas o de las constataciones económicas, acabó imponiéndose entre sus partidarios una manera global de pensar y una forma proactiva de actuar.

«El rendimiento de nuestros motores, climatizaciones e iluminaciones no alcanza el 30%, lo que equivale a que la más alternativa de las fuentes energéticas reside en la mejora de la eficiencia y en el ajuste de las necesidades»

El sostenibilismo es holista, poliédrico y globalizador. Aspira a la globalización de las estrategias económicas, como la biosfera hace con las ecológicas. Es una nueva dimensión cultural que persigue la gradual implantación de un modelo socioeconómico que propende a la internalización de los costos sociales y ambientales de los procesos productivos; a la priorización del valor del trabajo y de los recursos; a la globalización de la estrategia socioeconómica, en lugar de la simple mundialización del mercado; y a la redistribución equitativa de los productos y de los valores añadidos. No nos llevamos a engaño. Sufrimos una crisis estructural que no vamos a superar financiando su enmascaramiento. El aún imperante externalizador modelo insostenible se muestra muy eficaz externalizando su ineficiencia, pero en el mundo globalizado que él mismo dice propiciar no hay exterior al que remitirse. Trata de deshacerse de las inequidades, disfunciones y desequilibrios que genera, arrojándolos a un afuera que ya es su adentro. Y por eso el entorno ambiental y social se deterioran.

Diariamente extinguimos especies y ocupamos espacios sin obtener beneficio general alguno, aunque sí pingües ganancias dinerarias concentradas en pocas manos. Diariamente consolidamos la condición de mendigo subvencionado para el mundo rural, en lugar de evaluar adecuadamente sus servicios ambientales, contrarrestarlos debidamente y exigir su constante mejora. Diariamente, cada barril de petróleo se compra y se vende, se recompra y se revende hasta cuatro veces en los mercados de futuros. Con ello, algunos obtienen grandes beneficios marginales injustificables, y muchísimos soportamos grandes costos adicionales superfluos. Diariamente, millones de vehículos circulan para unir puntos de residencia, trabajo, producción o consumo que un urbanismo no sostenibilista ha colocado lejanos unos de otros. Con ello, millones de toneladas de CO2 van innecesariamente a la atmósfera sin que el PIB aumente. Entre tanto, las reservas de hidrocarburos menguan sin añadir valor a proceso productivo alguno. Diariamente, centenares de plantas de tratamiento de aguas residuales, a través de alcantarillados no separativos, se colapsan con aguas fluviales que hubieran podido ser capturadas y usadas con provecho. Diariamente, materiales y energía se dilapidan en edificios proyectados para demandar entre 100 y 150 kilovatios/hora por metro cuadrado y año, cuando hacerlos funcionar a total comodidad del usuario, con 20 –o incluso menos–, resulta técnicamente factible, y en los proyectos de un estudio lo hacemos.

«El deterioro ambiental ya nos anunciaba el deterioro socioeconómico, del que emanaba y sigue emanando»

Buscamos desesperadamente fuentes energéticas que no existen, sin percatarnos de que nuestras demandas no satisfacen tanto necesidades reales como procesos ineficientes. El rendimiento de nuestros motores, de nuestras climatizaciones forzadas y de nuestras iluminaciones no alcanza el 30%, lo que equivale a decir que la más alternativa de las fuentes energéticas reside, actualmente, en la mejora de la eficiencia y en el ajuste de las necesidades. Deberíamos disminuir nuestra intensidad energética: más PIB con menos TEP (Tasa Equivalente de Petróleo), lo que además equivaldría a más competitividad y a menos dióxido de carbono. ¿Van nuestros gobiernos a invertir en eficiencia o, por el contrario, van a premiar la incompetencia de quienes ya han demostrado no saber sino empobrecernos? De garantizar la oferta debemos pasar a gestionar la demanda. Es obligado en un mercado de recursos objetivamente escasos; es imposible en un modelo de crecimiento cuantitativo incrementista. Por eso tenemos un problema estructural. Por eso el cambio climático y la crisis financiera suscitan reacciones de polaridad invertida, pero también por eso el tremendo reto se nos ofrece como una gran oportunidad. También por eso podemos hacer de la necesidad, virtud, invirtiendo justamente ahora en la implementación del cambio estructural necesario. Podemos. Sabemos. Debemos.


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RAMON FOLCH
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